Pero el verdadero cambio llegó con las decisiones políticas. “El convencimiento y liderazgo políticos permitieron crear una norma técnica para planificar el uso del suelo según su capacidad. Así implementamos el Plan de Uso y Manejo Responsable de Suelo, que define rotaciones, prácticas de manejo y evaluaciones periódicas de pérdida de suelo”, explicó.
El impacto fue significativo: 1,8 millones de hectáreas bajo planes de uso responsable y 1.000 ingenieros agrónomos acreditados para su implementación. Según Pérez Bidegain, esta medida permitió reducir un 50% la erosión, y actualmente Uruguay avanza en incorporar la medición de carbono orgánico a las rotaciones, un indicador clave de salud del suelo.
El diagnóstico en el sur de Santa Fe
La problemática no es ajena a la Argentina. Luciano Ascheri, asesor de empresas agropecuarias en CREA, expuso un panorama detallado del sur santafesino. “Los niveles de productividad muestran que crecimos en rendimiento unos 260 kilos por año, gracias a la genética, la siembra directa y la incorporación de fertilizantes”, señaló.
Sin embargo, advirtió que ese progreso no se refleja en los lotes reales de producción: “En maíz, y también en trigo y soja, no estamos ganando rendimiento a nivel de lote productivo”.
Ascheri remarcó que los análisis de balance de nutrientes son claros: “Todos los años los lotes pierden alrededor de 8 kilos de fósforo y 3 kilos de azufre por hectárea. Esto significa que degradamos químicamente los suelos”.
La consecuencia directa es que, aunque la tecnología permita mejorar la productividad teórica, la base natural se deteriora año tras año, comprometiendo la rentabilidad futura y exigiendo un manejo cada vez más preciso de fertilización, rotación de cultivos y reposición de nutrientes.
Diagnóstico y acción
Tanto la experiencia uruguaya como el diagnóstico argentino coincidieron en un punto central: sin políticas públicas firmes, conciencia productiva y manejo agronómico ajustado, la degradación del suelo pone en riesgo la sustentabilidad del maíz. El panel dejó un mensaje claro: la rentabilidad del presente no puede comprometer la capacidad productiva del futuro. Cuidar el suelo no es solo una responsabilidad ambiental, sino también una decisión económica estratégica para garantizar que el maíz siga siendo un cultivo competitivo y de alto potencial en la región.
La Capital