La idea era de un colega de la Universidad de Columbia, al que conoció en un congreso de Washington D.C, que había descubierto cómo las células tumorales mueren en los seres humanos. Lo primero que hizo Pagnussat fue probar si también existía algo similar en las plantas, y efectivamente era así.
Junto a sus colegas Ayelén Distéfano y Victoria Martin lograron inhibir el mecanismo de la “ferroptosis”, que es un proceso de muerte celular que depende del hierro y se dispara específicamente por calor. Lo que tiene de particular es que es un mecanismo universal que ocurre en todas las plantas y, tras haber desarrollado el modo de detenerlo, saben que pueden trabajar en cultivos de interés agronómico.
La clave está en un gen muy específico, llamado SWAP, que puede “prenderse” mediante técnicas de biotecnología y así activar una suerte de memoria artificial que permita a la planta recordar cómo soportar el calor sin haberlo vivido previamente. Lo que permite esa solución es saltearse la etapa de termotolerancia adquirida, que suele ser en lo que versan la mayoría de las investigaciones vinculadas al tema.
“La gran hipótesis de nuestro proyecto es que, si nosotros tenemos prendido SWAP, aun cuando las plantas no estén sometidas a ningún tipo de estrés, estamos preparando a esta planta para cuando venga una ola de calor”, detalla la científica del Instituto de Investigaciones Biológicas del Conicet, que acaba de fundar su propia empresa, Thermoreleaf, para continuar ese camino iniciado en los laboratorios y crear plantas resistentes a las altas temperaturas.
El reconocimiento recibido le permite al equipo acceder al financiamiento necesario para empezar a trabajar en cómo se da esa respuesta en arroz y soja, lo que luego también van a transpolar a otros cultivos.
Cabe destacar que, como la “ferroptosis” -ese mecanismo de muerte celular- se da sólo como respuesta al calor, alterar los genes que lo inhiben no cambia en absoluto otras características de la planta, ni tampoco su desarrollo o crecimiento. “Eso es una ventaja, porque obtenemos plantas que ya desde la semilla tienen ese gen SWAP activado”, explicó Cecilia.
Próxima a dar los siguientes pasos en materia de investigación, la investigadora se mostró muy optimista respecto a “los alcances de esta nueva tecnología para la industria agropecuaria global”. En definitiva, es otra de las tantas muestras de cómo la investigación básica, y pública, puede dar el salto hacia la producción y tener un efecto concreto sobre la economía.
“Mi sueño a futuro es que lo que descubrimos se aplique en todos los cultivos que sufren olas de calor, en vid, tomate, trigo, cultivos intensivos y extensivos, y logre resolver el problema de las pérdidas de cultivo por esta exposición a temperaturas extremas. Estaríamos dando una solución desde la ciencia a una amenaza a la seguridad alimentaria global”, concluyó Pagnussat.
Bichos de Campo