“Además de reducir la erosión, actúa como trampa de sedimentos y ancla el rastrojo, independientemente de la pendiente del terreno”, explicó Juan Cruz Colazo, investigador del INTA San Luis.
La biomasa aportada fue otra pieza clave: 3.200 kilos de materia seca por hectárea en 2021 y 946 kilos en 2023, cifras que permitieron proteger el suelo incluso en campañas con menor productividad.
Las claves para el manejo del centeno
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio fue la importancia del momento de implantación y secado.
“Una siembra temprana permite acumular mayor biomasa aérea y radicular, lo que se traduce en una mejor protección frente a los procesos erosivos”, subrayó Peralta.
Respecto del secado, la fecha óptima se ubicó entre septiembre y octubre, antes de la encañazón, para evitar excesivo consumo de agua y asegurar disponibilidad para el cultivo sucesor.
Los especialistas recomendaron no superar una pérdida de 30 milímetros respecto de un lote sin cobertura y monitorear el contenido hídrico del primer metro del suelo.
Si bien no se registraron mejoras significativas en la infiltración del agua, el centeno cumplió un rol decisivo como protección física: fijó el rastrojo, capturó sedimentos y atenuó el impacto de la escorrentía.
Una inversión sustentable
El componente económico, en tanto, presenta matices. Según los investigadores, los beneficios directos son difíciles de cuantificar en el corto plazo, pero la mejora en la calidad del suelo y la estabilidad de los rendimientos lo convierten en una apuesta estratégica.
El trabajo concluye que la inclusión de cultivos de servicio —y en especial del centeno— constituye una herramienta tecnológica clave para lograr sistemas más sostenibles y resilientes frente a procesos erosivos en regiones semiáridas.
En un contexto donde la degradación avanza y los márgenes son cada vez más ajustados, el centeno gana protagonismo como socio silencioso, pero eficiente, de la producción.
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