En ese marco, uno de los focos centrales de la gestión quedó puesto en correr la idea de que el pedigree es algo exclusivo o de élite y reforzar el trabajo sobre el rodeo comercial. En ese enfoque, Derito planteó dar continuidad a una estrategia que la asociación ya venía desarrollando en la gestión anterior, orientada a acercar la genética Angus al rodeo comercial.
Sostuvo que el verdadero impacto de la genética se logra cuando “derrama hacia la base de la pirámide productiva”, es decir, cuando llega a los criadores que producen terneros en todo el país. “Angus no es un club exclusivo de cabañeros, es una asociación de criadores”, remarcó.
En ese punto, el desafío es mostrar que la inversión en genética se refleja en el precio. En los remates, explicó, suele tomarse como referencia un valor promedio, pero dentro de una misma categoría hay diferencias importantes entre los valores más altos y los más bajos. “Siempre hay un precio máximo y un precio mínimo”, señaló. Ese diferencial, remarcó, aparece cuando el comprador reconoce calidad y genética y está dispuesto a pagar más pensando en cómo va a rendir ese animal más adelante.
En ese sentido, la idea fue que el valor Angus no se agote en la genética, sino que se exprese en cada eslabón de la cadena, desde los criadores y los invernadores hasta feedlots, frigoríficos y los mercados de destino. Según explicó, cuando la calidad se reconoce y se paga mejor en cada etapa, ese mayor valor termina volviendo al inicio del sistema productivo, al ternero y al criador.
En esa línea, Derito advirtió que todavía persiste una práctica que limita la mejora genética: el uso del “toro bolsa blanca”. Se trata, explicó, del toro sin respaldo genético, muchas veces elegido por cercanía o apariencia y no por información técnica. “Es el toro del vecino o el mejor ternero, un torito que me pareció el más lindo y me lo guardo”, describió. Según remarcó, ese tipo de decisiones no solo frena el avance genético, sino que también impacta en el resultado económico, porque termina igualando hacia abajo la calidad del rodeo. “Ahí no estás transmitiendo buena genética”, sintetizó.
Otro de los ejes de la gestión fue continuar y ampliar el programa de carne Angus certificada, un área en la que Derito participó durante años. Angus trabaja con un protocolo aprobado por Senasa que fija requisitos de edad, dentición y composición racial. “Este año vamos a llegar a unas 9000 toneladas certificadas”, indicó. Sobre los destinos, señaló: “El principal destino es China y después Estados Unidos”. Para Derito, la certificación fue una herramienta clave para transformar la genética en valor comercial concreto y devolverle al productor parte de ese diferencial.
En ambos mercados, explicó, se trata de segmentos de alto valor. “Entramos con carne Angus certificada, compitiendo con Australia o con Estados Unidos”, dijo. Actualmente hay 28 frigoríficos habilitados para certificar y cada tropa es verificada en planta y en faena. “Cada vez que se certifica una tropa, va un inspector de Angus y se emite un certificado”, detalló.
De cara a los próximos años, uno de los objetivos planteados fue ampliar ese esquema. “Tenemos que certificar más”, sostuvo. También mencionó el desafío del mercado interno. “Ahí hicimos muy poco”, reconoció. “La idea es que puedas ir a un restaurante y que te digan: ‘acá te vendo ojo de bife Angus certificado’, con su sello”, explicó.
En paralelo, la asociación continuó con otros programas, como la certificación de madres y el plan de ternera Angus certificada, orientado a que los criadores comerciales puedan vender futuras madres con un valor adicional. También avanzó en un sistema integral para socios, que unifica registros, información productiva y herramientas de selección. “La idea es que el criador tenga todo en un mismo sistema”, señaló.
La agenda institucional en 2025 incluyó la presencia en remates —este año Angus participó en unos 240—, exposiciones y ferias internacionales. Derito destacó el trabajo interno dentro de la entidad. “Queremos que el socio sienta que la asociación es su casa”, señaló. “Y que la cara visible sea la persona que lo atiende”, concluyó.
La Nación – Pilar Vazquez