El impacto productivo de esa eficiencia es tangible. Cada milímetro de lluvia que logra incorporarse al perfil del suelo puede transformarse en 7 a 8 kilos de soja, 20 a 25 kilos de maíz, 16 a 18 kilos de trigo o 20 a 25 kilos de materia seca de alfalfa. Cuando el agua no ingresa, además de perderse potencial de rinde, su distribución dentro del lote se vuelve irregular y comienzan a aparecer síntomas visibles: manchones de malezas, apilamientos de herbicidas y deficiencias de nutrientes.
Otro aspecto abordado fue la profundidad de recarga. Como referencia general, el agua debería alcanzar al menos los dos primeros metros del perfil para impactar sobre los cultivos. Sin embargo, la compactación, la baja cobertura o el sellado superficial suelen impedir esa recarga. “Si antes necesitaba un milímetro para recargar un centímetro de suelo, ahora quizás necesito dos”, explicó Álvarez, remarcando que esta pérdida de eficiencia no siempre se refleja en los registros del pluviómetro, pero sí en el estrés hídrico de los cultivos, especialmente en verano.
La distribución del agua dentro del lote también juega un rol clave. Alteraciones provocadas por compactación, encostramiento o decisiones de manejo inadecuadas generan sistemas más heterogéneos, con mosaicos de producción que reducen la eficiencia global. En suelos de menor aptitud, el desafío pasa por definir qué tipo de producción es posible sostener sin forzar el ambiente. “Forzar un suelo a un cultivo para el cual no está preparado suele derivar en respuestas negativas”, sostuvo el especialista.
En ese marco, el seguimiento de indicadores del suelo resulta fundamental. Indicadores físicos como la resistencia mecánica, evaluada con penetrómetro y pala; químicos como el pH, clave para evitar procesos de acidificación; y biológicos como la actividad microbiana, permiten diagnosticar el estado del sistema y ajustar las decisiones de manejo. La falta de seguimiento del pH, por ejemplo, puede afectar la fijación biológica de nitrógeno en leguminosas como soja, vicia o alfalfa, incluso en sistemas fertilizados.
Más allá del impacto agronómico, la cosecha de agua también se traduce en términos económicos. “El productor empieza a leerlo en kilos que se dejan de producir y, por lo tanto, en valor”, señaló Álvarez. A partir de ese enfoque, cobran relevancia las rotaciones, los cultivos de servicio y las prácticas asociadas a la agricultura sustentable o regenerativa, entendidas como procesos de largo plazo y no como soluciones inmediatas.
“El agua es el eje del sistema”, resumió el investigador. “En la medida en que no cosechemos el agua, es muy difícil cosechar carbono y es muy difícil cosechar granos”. Sin agua, concluyó, tampoco se activa la vida del suelo, una condición indispensable para sostener sistemas productivos estables y resilientes en el tiempo.
Clarín