El establecimiento está ubicado en Chavarría, Corrientes. “Es una zona muy dura, con campos de paja colorada y paja amarilla, con una carga infernal de garrapata y con las cepas más virulentas de anaplasma y babesiosis. Hemos convertido esa debilidad en una fortaleza. Nos gusta decir que lo que vive en Santa Irene puede vivir en cualquier lugar del país, o casi del planeta”, resumió Juan Baqué.
Allí trabajan con unas 6.000 madres y producen los terneros que luego abastecen buena parte del negocio de la empresa. Para Baqué, la principal fortaleza del sistema es que la genética no se desarrolla pensando únicamente en vender reproductores, sino que primero debe demostrar su funcionamiento dentro de la propia producción.
El recorrido del animal continúa lejos de Corrientes. Una vez destetados, los terneros bajan hacia distintos campos de recría ubicados en el oeste bonaerense y en la Cuenca del Salado.
En Pehuajó, General Villegas y Trenque Lauquen trabajan con una base forrajera compuesta por alfalfas y verdeos de invierno y verano, donde consiguen ganancias diarias estables de entre 600 y 700 gramos. En la Cuenca del Salado desarrollaron otro modelo sobre antiguos campos de cría reconvertidos a recría, con promociones de raygrass, festuca y alfalfa.
“La recría pastoril es el momento donde más músculo y hueso genera el animal y al menor costo. Por eso decidimos alargar esa etapa. Antes encerrábamos con 340 kilos y hoy entramos al corral con 360 o 370 kilos. Eso nos permite llegar al producto que buscan nuestros clientes”, explicó.
El objetivo ya no es solamente producir un novillo pesado. “No se trata de producir un novillo pesado y ya. Se trata de producir un novillo pesado de determinada edad, que llegue al mercado entre los 24 y los 26 meses y cuya carne tenga un marmoreo determinado. Buscamos bifes prime o choice, con áreas de ojo de bife superiores a los 70 centímetros cuadrados y sin exceso de grasa de cobertura”, indicó.
Para alcanzar ese estándar no alcanza con la genética. “La genética es una parte, pero no es todo. Hay medidas de manejo durante la cría, la recría y la terminación que ayudan a generar ese producto”
La terminación se realiza a corral durante unos 120 días, con animales que llegan a los 540 kilos. Esa carne luego se comercializa a través de un convenio con un frigorífico, que faena y exporta el producto bajo la marca Bravo, respaldada por Santa Irene.
“Nosotros aseguramos el abastecimiento de esos novillos y salimos al mercado con una marca conjunta. El consumidor puede identificar el origen de la carne y conocer, mediante la trazabilidad, todo el manejo y el sistema de producción que hay detrás de ese producto”, explicó.
Actualmente producen alrededor de 1.000 novillos mensuales. Aproximadamente la mitad proviene de su propia producción y el resto se completa mediante compras de animales Braford que cumplan con el mismo estándar.
Bichos de Campo – Nicolás Razzetti