Las siembras tardías, por su parte, se realizan a partir de diciembre y trasladan el período crítico del cultivo hacia mediados o fines de febrero. Esto conlleva una menor exigencia atmosférica: temperaturas más moderadas y días un poco más largos, condiciones que suelen traducirse en una mayor estabilidad de rendimiento. “Los maíces tardíos tienen un techo más bajo de rendimiento porque no capturan la máxima radiación, pero su piso es más alto. La demanda del ambiente es menor y eso les da más estabilidad en los resultados”, explica Talano.
Este enfoque es especialmente útil en regiones con alta probabilidad de sequía estival o cuando los perfiles de humedad no están cargados al momento de la siembra temprana. Además, permite escalonar labores y distribuir mejor el uso de maquinaria y recursos humanos.
Más allá de las cuestiones climáticas y de radiación, la elección de la fecha de siembra también está influida por aspectos sanitarios. Talano advierte que los maíces tardíos suelen estar más expuestos a plagas como el cogollero, ya que coinciden con picos poblacionales más altos. A pesar del aporte de la biotecnología, esta presión puede afectar la calidad del grano, provocando quebrado o daños en la espiga. “Los tempranos, como hay menos presión de plagas, suelen zafar mejor. En cambio, los tardíos pueden tener más daño en la calidad del grano, incluso en años buenos”, afirma el asesor.
La decisión entre siembra temprana o tardía no tiene una respuesta única. Depende del estado de los perfiles hídricos, la fertilidad del suelo, las proyecciones climáticas, los riesgos sanitarios y los objetivos de cada empresa agropecuaria. “Lo que uno busca es tener los recursos —agua y nutrientes— disponibles para capturar la mayor cantidad de radiación posible durante el período crítico”, resume Talano.
En definitiva, la estrategia más adecuada será aquella que logre equilibrar el potencial de rinde con la estabilidad y el manejo del riesgo.
Rural – Clarín – Lucas Villamil