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Domingo, 09 Noviembre 2025 07:45

Nunca tuvo una hectárea, pero lidera un cambio de paradigma en el campo argentino

El primer encuentro de Lucas Andreoni con el campo se dio hace algo más de cuarenta años en una pequeña chacra de la localidad bonaerense de Máximo Fernández, cerca de su Bragado natal. El ingeniero agrónomo de 52 años todavía recuerda aquellos paseos que hacía con su familia a visitar a una prima del padre, cierra los ojos y se puede ver recostado sobre los granos adentro de una tolva, comiendo pepitas de girasol. Fue tal vez, así como se inoculó la pasión por las ciencias naturales, un interés que fue alimentando con el tiempo y que hoy lo impulsa a llevar la bandera de un cambio de paradigma en la producción agropecuaria, una cruzada que ya le valió este año el reconocimiento con el Testimonio Clarín Rural en la categoría Innovación en Agricultura.

En los años 80, los Andreoni se mudaron primero a Los Toldos y luego, cuando Lucas ya tenía quince, a Morón, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Allí el joven terminó el secundario e hizo cuatro años de la carrera de Bioquímica, a la vez que hacía todo tipo de cursos paralelos de reproducción celular de plantas. Luego decidió cambiarse a Agronomía, siempre en la Universidad de Morón, y para pagarse los estudios trabajaba como preceptor en una escuela durante las mañanas. Además, para obtener media beca realizaba pasantías en la cátedra de Zoología. De aquellos años formativos recuerda haber pasado largas horas en el vivero de la Universidad y en el INTA Castelar, donde trabajaban muchos de sus profesores, y también recuerda el apoyo permanente de sus padres Nora y Enrique, que se sacrificaron para que tanto Lucas como sus hermanos pudieran seguir sus vocaciones.

Pero llegó la hora de recibirse y buscar vuelo propio, y no cayó en el momento más estimulante. Era el año 2000 y el agro argentino estaba en crisis. “Estaba bravísimo, había muy poca perspectiva laboral”, recuerda. Entonces, con su compañero de estudios Sebastián Pizzi decidieron irse a España a hacer experiencia en la cosecha de naranjas y ver para dónde los llevaba el destino, pero el azar se interpuso justo antes para cambiar por completo el rumbo de la vida. A través de su mejor amigo de Los Toldos, Lucas conoció a Silvia, una flamante abogada a la que le propuso casamiento en la segunda cita y con la que se casó a los 6 meses.

Lucas y Silvia se mudaron a San Luis a buscar suerte, y lo primero que consiguió él fue un cargo en la Subsecretaría de Agricultura de la provincia. Por convenio de la provincia con una universidad israelí se había montado un proyecto de horticultura con riego por goteo, que Andreoni debió supervisar. “Sol puntano se llamaba, todavía funciona. Fue mi primera experiencia real, con los ingenieros israelíes aprendí muchísimo: a regar, a manejar gente, recorrí toda la provincia. Estuvo muy bueno”, cuenta.

El siguiente paso fue asumir como gerente de producción de una empresa en Quines, al norte de San Luis, donde se estaban montando 5.000 hectáreas bajo riego por pivot para hacer algodón, papa, batata, soja, trigo, girasol y maní. “Así conocí el desmonte y las consecuencias de hacerlo sin un diagrama”, comenta.

En 2005 la pareja viajó a Venado Tuerto para asistir al casamiento del amigo Pizzi, y llegó un nuevo golpe de timón. El ex compañero de estudios lo pasó a buscar por el hotel y se fueron a recorrer campos de la zona, y en el entusiasmo del reencuentro, Pizzi le propuso a Andreoni que se fueran para esos pagos. Fue así como arrancó su experiencia como asesor de empresas productivas en una zona de agricultura en secano en plena expansión. Primero lo hizo de forma independiente y luego como asesor del CREA Melo Serrano, grupo al que acompañó durante doce años.

Entre las experiencias enriquecedoras que le dio el CREA recuerda un viaje a Purdue, en Estados Unidos, en 2008, donde pudo vislumbrar los grandes desafíos que planteaba el cambio climático y las soluciones que podía plantear la robótica al servicio de la producción.

De la inquietud a la crisis

“Lo que me gustaba era que era un ámbito muy innovador, siempre con cosas de punta, te capacitaban constantemente. Aprendí sobre el manejo de empresas familiares, manejar despelotes… Fue muy de formación, de no quedarte quieto”, dice.

Esa inquietud innata lo llevó a ganar un concurso en 2010 que le permitió viajar a ver innovaciones en Alemania, pero también lo empujó unos años más tarde a una profunda crisis vocacional. “Me aburría la agricultura de una manera extrema, lo único que me mantenía activo era estar en el CREA, pero la agricultura en sí me generaba un aburrimiento tremendo”, recuerda.

Una tarde, en una recorrida a campo un productor le preguntó “si hacía atrazina en el maíz”. Algo le hizo ruido a Andreoni, la sensación de que las cosas en el campo se estaban haciendo sin pensar, por pura inercia. Y empezó a pensar en cómo patear el tablero.

Desde el 2012 había empezado a hacer experiencias con los cultivos de servicios, y en 2015 tuvo la oportunidad de participar en una exposición sobre ese tema en Lyon, Francia, que le abrió completamente la cabeza.

“Vi cómo usaban el lino, solanáceas, corredores biológicos… A partir de ese viaje empecé a motivarme un montón más, a indagar, empecé a escuchar sobre la importancia de los servicios ecosistémicos”, dice. Y describe: “Había una calicata de 7 metros de largo por 1,5 de profundidad, y mostraban las raíces de cada cultivo. Nosotros solo nos preguntábamos por la materia seca que dejaba arriba, pero lo importante era también lo que pasaba abajo del suelo, la microbiología del suelo, la materia orgánica… Las empresas de insumos estaban presentes, pero no tenían ningún producto químico sino aplicaciones para seguir el clima con algoritmos y ver la probabilidad de enfermedades”.

Productores abiertos al cambio

El agrónomo reconoce que la metodología CREA fue clave para canalizar positivamente su inquietud. En aquellos años, durante una reunión de la mesa de asesores en Laboulaye, lo invitaron a exponer su visión sobre el quiebre que estaba atravesando la agricultura. “No se podía seguir produciendo de la forma en que lo estábamos haciendo”, recuerda.

Se preparó a fondo para esa presentación: llevó datos sobre la degradación de los suelos, la erosión, la falta de infiltración y de nutrición. Puso sobre la mesa todo aquello que, a su juicio, se estaba haciendo mal y compartió su mirada sobre cómo impulsar un cambio. Al terminar, reinó un silencio elocuente. Luego le agradecieron su análisis y le sugirieron que, en lugar de enfocarse en los errores, pusiera el acento en las oportunidades que se estaban perdiendo.

“Ahí aprendí la importancia de comunicar bien -dice-. Y se me aclaró hacia dónde quería ir: cómo sumar herramientas a la agricultura”. Desde entonces, el CREA comenzó a subirse a la ola de los ensayos con cultivos de servicio, corredores biológicos, experiencias multiespecies, estudios de suelos, microbiología y el impacto de los polinizadores en los sistemas.

En esos años también comenzó a viajar por su cuenta, incluso aprovechando las vacaciones para nutrirse de nuevo conocimiento. En una huerta de Alemania conoció el concepto del “hotel de insectos” y se lo trajo al país. Entró en contacto con referentes como Cristian Cazorla, Cristian Álvarez y Gervasio Piñeiro. A esa “tribu” se sumó luego Lucas Garibaldi, con quien desarrolló un proyecto conjunto durante tres años para demostrar el impacto de los polinizadores en girasol y soja.

De esa experiencia surgió además un documental del Conicet. “Durante cuatro días, entre toma y toma, charlábamos de todo, incluso de la brecha entre la academia y la realidad. Era una locura que tanto conocimiento no se aplicara en el campo”, recuerda.

De esa inquietud nació Agrodesign, la consultora desde la que levantan la bandera de los “paisajes productivos”. En colaboración con la Universidad de British Columbia (Canadá), realizaron investigaciones sobre el aprovechamiento de los bordes de los lotes.

Mientras tanto tomó fuerza el debate entre el “agronegocio” y la “agroecología”, una falsa dicotomía marcada por prejuicios y posiciones políticas, que con el tiempo dio paso al concepto de agricultura regenerativa. “¿Cómo llegar a un equilibrio? La agricultura industrial está agotada, pero el otro extremo tampoco es viable porque no es rentable. Si la agricultura regenerativa no logra ser igual o más rentable que la anterior, no tiene futuro”, sostiene.

Hoy dedica buena parte de su tiempo a la comunicación. “Nunca hubiera imaginado que me iban a llamar las empresas que me están llamando. La conciencia ya está, lo que falta es know-how. Además, me escriben dos o tres estudiantes por día; hay una generación con ganas de aprender, inquieta, hijos de empresarios que siguen estos temas y serán quienes tomen las decisiones en el futuro.”

Hace quince años que vive con Silvia en Laboulaye, sur de Córdoba, después de haber pasado cuatro en Venado Tuerto. En su tiempo libre, vuelve a su pasatiempo de siempre: la PlayStation. “Juego al Call of Duty online, la casa parece una guerra”, bromea. También disfruta de la pesca cuando puede, y de recorrer kilómetros escuchando música -desde Vivaldi y Chopin hasta Dua Lipa, Olivia Rodrigo, The Cure o el mexicano Humbe-, siempre observando el paisaje e imaginando los futuros desafíos de la agricultura.

Rural – Clarín – Lucas Villamil