De acuerdo con lo señalado desde el ámbito técnico, esta información permite mejorar la selección dentro de cada establecimiento y, al mismo tiempo, facilita la comparación entre reproductores de distintos planteles. Esto aporta mayor transparencia al sistema y contribuye a una toma de decisiones basada en evidencia.
En ese marco, el rol del INTA resulta clave. La participación de equipos especializados garantiza rigor científico, consistencia metodológica e independencia en los resultados, aspectos valorados por los productores y por el conjunto de la cadena ovina. Además, este tipo de evaluaciones cuenta con reconocimiento tanto a nivel nacional como internacional.
El impacto del convenio no se limita al plano técnico. En términos productivos, la utilización de información genética permite acelerar el progreso de los rodeos, mejorar la eficiencia y contribuir a la competitividad del sector. En un escenario donde la calidad de la lana, la trazabilidad y la diferenciación de productos ganan peso, la mejora genética aparece como una herramienta estratégica.
Otro de los puntos destacados es la articulación entre el sector público y los productores. La cooperación entre una asociación de criadores y un organismo de ciencia y tecnología es considerada un ejemplo de trabajo conjunto que permite potenciar capacidades y generar resultados concretos en el territorio.
La renovación del acuerdo también abre una nueva etapa. Entre los desafíos planteados figura la necesidad de ampliar la base de productores que participan en el sistema de evaluación, lo que permitiría mejorar la calidad de los datos y aumentar la precisión de los resultados. A mayor volumen de información, mayor confiabilidad en las estimaciones genéticas.
En paralelo, se proyecta avanzar en la incorporación de nuevas herramientas tecnológicas, comentaba Giovannini. Entre ellas, la identificación electrónica de animales y la integración de bases de datos productivas, lo que permitiría generar evaluaciones más completas. A futuro, incluso se analiza la posibilidad de incorporar información genómica, una tendencia que gana espacio en los sistemas ganaderos más desarrollados.
Sin embargo, el sostenimiento del sistema también presenta desafíos. Uno de los principales es garantizar la calidad de los datos que aportan los productores, ya que la precisión de las evaluaciones depende directamente de esa información. A esto se suma la necesidad de asegurar recursos y participación continua para mantener el funcionamiento del programa.
Otro punto clave es la apropiación de la información por parte de los criadores. Traducir los datos genéticos en decisiones concretas dentro de los establecimientos sigue siendo uno de los principales desafíos para lograr mejoras sostenidas en la producción.
En este contexto, desde ambas instituciones coinciden en que la mejora genética es un proceso de largo plazo, que requiere continuidad, compromiso y coordinación entre los distintos actores del sector. La renovación del convenio, en ese sentido, refuerza una estrategia que combina conocimiento técnico con experiencia productiva.
Con una tradición ovina consolidada y reconocimiento internacional por la calidad de su lana, la Argentina enfrenta el desafío de sostener y mejorar sus estándares productivos. En ese camino, acuerdos como el que mantienen la AACM y el INTA se posicionan como herramientas clave para acompañar el desarrollo del Merino y fortalecer la cadena ovina en los próximos años.
Rural – Diario Río Negro