En el sector externo la diferencia de la parte brasileña sobre la Argentina ya no es numérica sino cualitativa; y allí lo que ocurre es lo siguiente:
-La Argentina logró duplicar sus ventas externas en los últimos 30 años, pero Brasil las multiplicó por 13 en ese periodo; y de esa manera obtuvo un superávit comercial de U$S 87.000 millones en 2024, con un total de reservas en el Banco Central de Brasilia de U$S 380.000 millones, de lejos las mayores de América Latina.
Esta diferencia entre ambos sistemas productivos va más allá de las retenciones que sucesivos gobiernos meramente extractivistas y carentes de sentido nacional le han infligido al agro argentino en los últimos 25 años; y esto va incluso por adelante del gobierno de Milei, que ha tenido el inmenso mérito de otorgarle al campo el mejor impulso productivo que consiste en eliminar el impuesto inflacionario, basado en el superávit fiscal y la eliminación de su sistema de emisión de dinero, porque esta es la manera de abrir la Argentina al mundo, que es el ámbito natural de acción del campo argentino.
Las limitaciones del agro argentino están en él mismo, y hay un exceso de espíritu estrechamente corporativo incapaz de enfrentar los problemas con una visión estratégica de alcance global.
El agro debe ser el primer interesado en rediseñar demográfica y territorialmente el gigantesco y riquísimo espacio argentino.
En el estado de Mato Grosso, que es el corazón de la producción agroalimentaria brasileña, el ingreso per cápita de su población es 3 veces el promedio nacional.
Lo que sucede en Mato Grosso es que la producción agroalimentaria se despliega allí dentro y como parte de un sistema absolutamente integrado y circular, que combina agricultura, ganadería, energía, y desarrollo urbano de alto nivel; y todo esto ocurre con el uso sistemático y deliberado de la tecnología de avanzada, encabezada por la Inteligencia artificial, a la que se suma un abundante financiamiento privado.
Allí, en el Centro Oeste brasileño, lo agroalimentario se ha transformado en industrial, y este actúa y produce en un proceso circular e integrado, en la que tiende a desaparecer la diferencia entre el campo y las ciudades. El campo se “des-territorializa”, y tiende a transformarse en un fenómeno urbano.
En la Argentina ya no se trata de reestructurar el agro, eso se ha hecho en forma excepcionalmente creativa, sino de transformar a toda la sociedad, comenzando por los sectores más pobres y marginados; y todo esto significa, siendo la Argentina lo que es, que hay que contribuir a terminar para siempre con el conurbano bonaerense en su condición de reducto final y definitivo de más de 40% de la pobreza del país y de sus estructuras marginales, y ante todo hay que erradicar los sistemas mafiosos de poder político.
Esta es la gran cuestión que debe enfrentar el agro argentino en esta etapa del siglo XXI.
El autor es analista internacional
Rural – Clarín