SUPLEMENTOS RURALES

Producción de granos. Una hazaña silenciosa sobre la base de esfuerzos y de cambios tecnológicos

Más allá de la difícil coyuntura por la sequía, conviene hacer un repaso de la evolución de la campaña agrícola de los últimos diez años y analizar cuáles fueron los factores de crecimiento de la producción. Los datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca muestran que la producción de granos en la Argentina creció casi 50 millones de toneladas en los últimos 10 años, al pasar de 90,7 millones de toneladas en la campaña 2011/12 a 139 millones de toneladas en la 2020/21.

En el periodo considerado, hay una importante reducción del área sembrada y de la producción de soja, sobre todo de primera, y una expansión de la superficie implantada y de la producción de maíz y de trigo.

Según Federico Bert, Coordinador de Agricultura Digital del IICA, el proceso de crecimiento de la producción de granos fue desarrollándose con varias herramientas y en distintas etapas. A principios de siglo, se destacaba la incorporación de conocimiento y de nuevas tecnologías (por ejemplo, siembra directa, cultivos transgénicos) como habilitantes indispensables de la transformación.

Desde entonces, la producción de granos casi se duplicó, aunque solo hubo un ligero aumento del área agrícola. ¿Cómo fue posible? Por un lado, ganaron terreno esquemas más intensificados, con dos cultivos por año en la misma parcela. Por otro, la incorporación de nuevas tecnologías hizo posible un fenomenal avance del maíz, el cultivo de mayor producción por unidad de superficie. En simultáneo, avanzó lento pero firme el concepto de agricultura precisa, o sea el manejo agronómico ajustado a particularidades del terreno, lo que ayudó a mejorar la productividad.

En ese sentido, toda la tecnología Precision Planting jugó un rol fundamental en los últimos años. Según comprobaron productores del CREA Río Quinto, significó dar un manejo distinto a cada sector de lote, según su potencial productivo. Así, los mapas de rendimiento dan ambientes distintos en un potrero: alto, medio y bajo potencial, por ejemplo, según se trate de lomas, bajos, thaptos, etc. A partir de esos datos, en los sectores mejores se siembran 80.000 semillas de maíz por hectárea y se aplican 150Kg/ha de fósforo; en los peores, la densidad cae a 50.000 semillas y la dosis de fósforo, a 50kg/ha. Lo mismo se decide con la fertilización nitrogenada. “De esa manera, en cada lote hay tres o cuatro sublotes”, interpretan los miembros del grupo.

Pero no todo fueron rosas en la intensificación agrícola. En el camino aparecieron de las malezas resistentes, que complicaron el manejo y encarecieron los costos de los cultivos. Hace unos años, en el CREA se implantaba soja con 400Us$/ha, de los cuales 30-40 correspondían a herbicidas. Ahora son necesarios 170-180 para combatir el nabo resistente, el yuyo colorado, el sorgo de Alepo y el raigrás, entre otros. “Antes, si se ensuciaba un lote de soja, una aplicación de glifosato mataba todas las malezas y permitía alcanzar un buen rinde; hoy, si pasa lo mismo, hay que aplicar Paraquat para secar todo y arrancar de nuevo”, diferencia el asesor del grupo.

Pero el cambio positivo continúa. “Recientemente, bajo el concepto de bioeconomía, las alternativas productivas del agricultor se amplían (por ejemplo, bioenergía, bioinsumos, biomateriales) y comienza a parecer cercana la idea de convertir los campos en verdaderas fábricas biológicas a cielo abierto, con la promesa de sostener el dinamismo económico del sector”, conjetura Bert.

Con otra mirada, el consultor Julio Lieutier, que trabaja en la zona núcleo, dice que “en la agricultura argentina hubo semáforos con luces verdes, que dinamizaron las decisiones empresarias, y rojas, que las ralentizaron”. El técnico recuerda que “los productores toman decisiones en función del contexto económico-financiero que enfrentan y por eso hubo sojización durante los gobiernos intervencionistas, porque el contexto les obligaba a eso, y viceversa. Por ejemplo, cuando se unificaron los tipos de cambio, se eliminaron las retenciones y se dio libertad para las exportaciones, explotó la producción de maíz y de trigo, lo que mejoró la rotación empleada. También aumentó la fertilización, con mayores aplicaciones de fósforo, que redundan en una mejora del suelo, y de nitrógeno, que impulsan aumentos en el rendimiento. Asimismo, se empleó mejor genética, agricultura por ambientes y otros aportes a la productividad que permitieron los precios libres.

En el aumento de producción agrícola también influyeron las rotaciones con doble cultivo - trigo/ soja y cebada/soja- y, más recientemente, los cultivos de cobertura, como gramíneas antes de la soja o leguminosas antes del maíz. En los ensayos de los CREA del norte de Buenos Aires, se vio que la inclusión de leguminosas de invierno -vicia, arveja- mejora la materia orgánica y la estructura del suelo, y aumenta la productividad de las gramíneas siguientes hasta dos campañas después.

Otro fenómeno que provocó la expansión del maíz fue la combinación virtuosa con la ganadería. Además de usar el grano para intensificación del engorde, Lieutier destaca que “se pudo avanzar con siembras aéreas o con intersiembras con la máquina Altina montada sobre el pulverizador”, que permitieron implantar temprano cultivos de cobertura que se aprovechan en ganadería. Esa combinación dio más posibilidades de aumento de carga animal y de productividad pecuaria.

Al completar la historia de la agricultura argentina, el asesor Teo Zorraquin, recuerda que, a principios de siglo, irrumpieron los pools de siembra y se desarrolló un esquema generalizado de arrendamiento de campos, lo que permitió separar a los propietarios de la tierra de los profesionales del negocio. “Fue una forma de democratizar el acceso a la agricultura, al no ser necesario ser dueño del campo para producir”, rememora Teo.

En esos años creció con fuerza la superficie sembrada con soja aprovechando los progresos en variedades y tecnologías de insumos y de procesos. Este aumento fue acompañado por el crecimiento del área de producción de maíz y de trigo y, en menor medida, de girasol y cebada, con caída de la superficie de sorgo, colza y otros cultivos de acuerdo a su rentabilidad relativa.

Luego, la vuelta de las retenciones llevó a una etapa de conflicto con el gobierno, en la que se reemplazó al trigo por la cebada (no intervenida) y al maíz por la soja (por su bajo costo y no intervención). Con la reducción de retenciones a partir de 2016 se recuperó rápidamente superficie de cereales, lo que permitió desarrollar una agricultura más equilibrada. A partir de 2019 volvieron aumentar los derechos de exportación, sobre todo de soja, lo que le restó competitividad respecto de los cereales. Pero luego se limitaron los volúmenes por exportar de trigo y maíz para defender el consumo interno y no provocar inflación.

“Hoy los productores se las ingenian para mantener un equilibrio de superficie entre leguminosas y gramíneas aumentando un poco la superficie de girasol, pero en el marco de una suba importante del costo de agroquímicos y fertilizantes”, resume Zorraquín.

Cada vez hay más factores que influyen en la volatilidad

Al analizar el proceso agrícola argentino, el analista Carlos Etchepare afirma que “aunque vaya variando la canasta de productos, la tendencia de la producción es hacia el crecimiento”. Y aclara que en los años en los que no ocurrió se debió a cuestiones climáticas. “Los agricultores tienen vocación para incorporar tecnología y producir cada vez más”, proclama.

Al evaluar la relación entre cereales y oleaginosas, el analista expresa que “la expansión de los primeros es conveniente para los productores, al diversificar la rotación y el riesgo comercial; a los gobiernos, en cambio, les conviene una gran superficie de soja porque tiene mayor valor unitario y 33% de derechos de exportación, sin gravitación en los precios del mercado interno”. De cara al futuro anticipa que los productores van a seguir incorporando tecnologías y prácticas de manejo para aumentar la producción de granos. Reglas de mercado claras y consistentes en el tiempo y la difusión y apoyo para el uso de herramientas de cobertura del riesgo precio en futuros y opciones, serían otros factores clave para continuar impulsando la oferta de granos, según el consultor Sebastián Olivero. “El productor tiene que lidiar con una fábrica a cielo abierto y con eventos de volatilidad en los precios cada vez más fuertes, como guerras, pandemias, cambio climático. En la medida que se pueda avanzar con una cierta estabilización en las variables rinde y precio, estarán las bases para un crecimiento sustentable”, proyecta.

Campo – La Nación – Carlos Marin Moreno