Los maíces tempranos están espectaculares. Se les ha dado muy bien de comer. La genética –más allá del temor por el quiebre de la resistencia a lepidópteros de algunos eventos biotecnológicos—sigue dando muestras de cada vez mayor potencial. Todavía no llegaron a floración, pero los lotes están color verde petróleo, sin nada que envidiarle a los del corn belt. Impresionante acorte de la brecha que se veía hace unos años. Ahora aparece la oleada de los petisos, que permitirán un aumento de la densidad de siembra, un mejor y más temprano canopeo, más espigas y más granos por espiga. Un salto que desafiará a los fabricantes de maiceros.
Y ya que hablamos de maíz, vale la pena destacar un reciente artículo de Federico Zerboni, titular de Maizar, la entidad que coordina a esta cadena que se ha convertido en la principal industria del país, considerando todo lo que pasa corriente arriba y corriente abajo del lote.
En este artículo, Zerboni propone pasar del 7x7 al 10x10. ¿Qué significa esto? Hoy sembramos 7 millones de hectáreas, con un rinde nacional de 7 toneladas. Producción de 50 millones de toneladas. Sostiene que podemos ir a 10 millones de hectáreas, y obtener rindes de 10 toneladas. Con eso pasaríamos a 100 millones de toneladas, que a los precios de hoy significarían 9 mil millones de dólares adicionales.
Estos 3 millones de hectáreas extra están disponibles. Un tercio, incorporando los valles precordilleranos y de la meseta patagónica, aprovechando los recursos hídricos disponibles, la gran heliofanía y la duración del día en el momento en que “se hace” el rinde.
La buena noticia es que esto se está dando, con un impulso fenomenal de la propia Maizar en cabeza del ing. Agr. Luis Bertoia. Este desarrollo se apalanca en la intensificación ganadera, con el uso de las herramientas clave: el silo de maíz, el silo de grano húmedo, y los encierres para la producción de carne vacuna.
Hay tareas por hacer. No hace falta un RIGI, pero sí los estados nacional y provinciales deben hacer la infraestructura necesaria para que esto se potencie. Mucho ya está, pero se debe invertir en canales primarios y secundarios, para lo cual existe financiamiento internacional. Hace unos años, desde el Prosap (gestión Jorge Neme) se canalizaron recursos del BID y la Corporación Andina de Fomento para reconstruir y ampliar la red hídrica en varias provincias.
Más allá de la expansión territorial, está el crecimiento de los rindes. También de la mano del riego suplementario, que asegura la cosecha y anima a maximizar los rindes. Para ello, la clave es reducir el costo de la energía, y que se abarate el financiamiento de algo que tiene rentabilidad asegurada, pero que no se amortiza en una campaña.
Este aluvión posible del maíz convoca al valor agregado. También aquí vamos bien. La ganadería es el rubro más interesante, y aquí también estamos lanzados. Es muy llamativa la cantidad de corrales que se están armando en todo el país, al amparo de una excelente relación carne/grano. El fenómeno mundial de la explosión de la demanda de proteínas animales aporta un telón de fondo muy atractivo para esta transformación.
A esto podemos sumar el avance del etanol, un tema que está en debate en el legislativo. Un aumento del corte de la nafta con este biocombustible no solo estimularía inversiones en ampliaciones y nuevas plantas, sino que también apuntalaría a la nueva ganadería. un tercio del maíz que se muele para etanol (la burlanda, fracción del maíz que no fermenta) se destina a la alimentación animal. Que con esta incorporación mejora también su huella de carbono.
Como para estar entretenidos a largo plazo…
Clarín – Héctor Huergo


