La “lana sucia” es la fibra natural de oveja justo después de la esquila, sin lavar, que contiene impurezas como tierra, grasa (lanolina), vegetales o polvo. Por lo tanto, es la lana antes de la salida del campo donde se produjo, que no ingresó a cualquier procesamiento industrial o artesanal posterior que permitiera obtener “lana limpia o peinada”. Por eso el color de la lana sucia suele ser amarillento, es grasosa, y suele tener un olor característico. Es la materia prima, la base para hilados y productos textiles tras su limpieza y cardado. Hay que decir, de todos modos, que, gracias a programas estatales para mejorar las técnicas de esquila, ahora se presenta en fardos mucho más adecuados para el comercio.
Aunque la Argentina ya exporta gran cantidad de lana sucia, esta resolución parece habilitar a que el negocio lo hagan directamente los productores, para saltarse así la necesidad de tener que comercializar ese producto en bruto dentro del país, y evitando así cualquier tipo de intermediario.
La Resolución del Senasa no brinda demasiadas explicaciones. Luego de citar a una carrada de reglamentaciones sobre sus funciones y deberes como centinela sanitario, el organismo que conduce Giraudo describe que “el proceso de producción de lana se inicia con la esquila anual de los ovinos registrados en los establecimientos pecuarios inscriptos ante el Senasa, conforme al RENSPA y bajo su fiscalización sanitaria, de acuerdo con la normativa vigente”.
Y agrega que “la lana sucia obtenida en cada esquila puede ser acopiada en el establecimiento pecuario por tiempo indeterminado o trasladada, mediante la correspondiente documentación sanitaria, a un establecimiento acopiador o industrializador también registrado ante el Senasa”.
“Ese proceso de acopio de lana sucia en los establecimientos pecuarios torna necesario evaluar la posibilidad de establecer una nueva figura de registro, con exigencias acordes a la naturaleza del producto y al riesgo sanitario involucrado”, añade después el organismo, que a renglón seguido dispone: “A fin de posibilitar el cumplimiento de los requisitos sanitarios de exportación de aquellos países que así lo manifiesten, deben establecerse las condiciones sanitarias necesarias para que esta nueva caracterización de establecimiento pecuario pueda acceder a la exportación directa de lana sucia”.
“La lana sucia es un producto incomestible destinado exclusivamente a su posterior industrialización, por lo que las exigencias sanitarias deben ponderar principalmente el resguardo de la condición sanitaria del país, más que las características del producto en sí”, asegura luego el Senasa, como tendiendo la mesa a una flexibilización de la normativa vigente hasta ahora, que seguramente se considera por parte del gobierno excesivamente rigurosa.
Por eso la nueva resolución habilita el traslado de esa mercadería desde el establecimiento ovejero hasta los Puestos de Control de Frontera, donde puede certificarse la lana sucia mediante la emisión del Certificado Sanitario de Exportación Definitivo (CSED). “Dichas medidas contribuyen a agilizar los procesos administrativos, facilitar la operatoria comercial y fortalecer la competitividad del sector lanero, sin comprometer los estándares sanitarios vigentes”, explica el Senasa.
Lo cierto es que el organismo adoptó una nueva definición: la “Barraca de Campo”. Se considera así a “aquellos establecimientos rurales que realizan el acopio de su propia producción de lana sucia, obtenida a partir de la esquila de los ovinos registrados en estos, como producto incomestible destinado a su industrialización”.
Luego, la normativa publicada permite la inscripción de dichas barracas de campo en un registro de Senasa, para poder así luego autorizar “el movimiento de lana sucia proveniente de los establecimientos registrados hasta el Puesto de Control de Frontera autorizado por el Senasa, con destino a aquellos países que no posean requisitos sanitarios que se opongan a esta metodología, una vez consolidada la mercadería en la plazoleta fiscal correspondiente, y siempre que no medie observación sanitaria en contrario”.
En otras palabras, se facilita la exportación la materia prima, sin necesidad de pasar por instancias intermedias, ya sea que la acondiciones o certifiquen sus condiciones sanitarias.
La normativa parece habilitar una regresión todavía mayor al estado actual de las cosas, donde la Argentina (que tiene lanas de alta calidad, producidas además en una región emblemática como la Patagonia) saca muy poco provecho a la posibilidad de agregar valor a ese producto. De hecho, según estadísticas actuales de la Federación Lanera Argentina (FLA), sobre un estimado de producción de la zafra 2025 de 34.035 toneladas, el consumo local es muy bajo, de poco más del 10%, unas 3.735 toneladas. El resto se exporta en una relación de 25% lana sucia, es decir sin proceso industrial. Luego hay 5,47% de lana lavada y 69% de lana Peinada, louse y convertida en subproductos.
La temporada lanera va de julio de un año a junio del siguiente. En la última campaña cerrada la Argentina logró exportar 17.465 toneladas de lana. En ese combo, los productos elaborados, como hilados, brillaron por su ausencia en la oferta exportable nacional.
Se trata del peor registro de la historia de la economía lanera, que podría reducirse más incluso en la actual campaña 2025/26. La producción de lana es una actividad en franco declive, pues a la par de la caída libre en el número de productores y ovejas, pasó de producir 164.000 toneladas de lana (base sucia) en 1976 a solo poco más de 31 mil toneladas estos dos últimos ciclos. Es decir que medio siglo después se contrajo casi seis veces.
Bichos de Campo


