Las diferencias genéticas entre cultivares constituyen otro pilar del manejo preventivo. Ensayos comparativos muestran contrastes marcados en el comportamiento sanitario entre materiales, incluso entre cultivares antiguos con buena tolerancia y lanzamientos más recientes donde este atributo no siempre fue priorizado, tal como señaló el especialista de la EEAOC, Dr. Reznikov, durante el Congreso Aapresid 2025.
El monitoreo permanente permite comprender la dinámica cultivo–ambiente–patógeno y anticipar decisiones. Las recorridas periódicas resultan indispensables para detectar el inicio de la enfermedad y prever su avance hacia las hojas de mayor aporte fotosintético. En este punto, integrar el estado fenológico del cultivo con la funcionalidad de los fungicidas es clave.
Comprender qué grupos actúan de manera preventiva —como estrobilurinas y carboxamidas— y cuáles tienen acción curativa —como bencimidazoles y triazoles— resulta determinante. Una misma severidad no tiene el mismo impacto en V8 que en R4 y, en general, cuanto más tardía es la intervención, menor es la probabilidad de éxito. En ese sentido, una encuesta de la REM entre socios de Aapresid mostró que cerca del 70% de las aplicaciones de fungicidas en soja se concentran entre R3 y R4.
Resistencias: sin alarmismo, pero con atención
Al igual que las malezas, los patógenos presentan variabilidad genética que puede dar lugar a mutaciones asociadas a la interacción con los fungicidas. La aplicación reiterada de un mismo modo de acción selecciona individuos menos sensibles que, con el tiempo, aumentan su frecuencia en la población. En soja, la evidencia indica que algunos modos de acción comienzan a perder eficacia, un proceso gradual que debe interpretarse sin alarmismo, pero con seguimiento técnico.
En el caso del tizón de la hoja (Cercospora spp.), los antecedentes locales describen un proceso evolutivo sostenido: resistencia a carbendazim detectada en 2017, resistencia a estrobilurinas y reducción de sensibilidad a ciproconazole, además de una insensibilidad natural a carboxamidas reportada en 2020. Estas características, sumadas a su ciclo repetitivo, convierten a la enfermedad en un desafío sanitario de primer orden.
Para la roya asiática (Phakopsora pachyrhizi), si bien en Argentina no se confirmaron resistencias, Brasil ya documentó pérdidas de eficacia en triazoles y carboxamidas. La cercanía epidemiológica y la similitud de los sistemas productivos transforman estos antecedentes regionales en señales de alerta.
En mancha marrón (Septoria glycines) se confirmó resistencia a estrobilurinas, un dato relevante dado que este patógeno presenta múltiples ciclos durante la campaña. En tanto, para mancha anillada (Corynespora cassiicola) existen indicios preliminares de resistencia a metil tiofanato y estrobilurinas, informados en 2023.
En conjunto, más de una década de estudios regionales y locales refuerzan la necesidad de un manejo anti-resistencia integrado, advierten desde Aapresid. Si bien la resistencia es un fenómeno evolutivo inevitable, puede retrasarse mediante prácticas preventivas: rotaciones adecuadas, control de hospederos voluntarios, elección de variedades con buen comportamiento sanitario y monitoreo permanente, junto con programas de fungicidas correctamente registrados, que roten y combinen modos de acción —incluidos multisitios—, eviten subdosis y prioricen aplicaciones oportunas y de calidad.
Bioinsumos: aliados del sistema
Los bioinsumos se consolidan como herramientas complementarias, indicaron desde Aapresid. Hongos entomopatógenos, bioestimulantes y microorganismos que mejoran la tolerancia al estrés contribuyen a sostener plantas más equilibradas y menos predispuestas al avance de enfermedades, aunque por el momento no reemplazan a los fungicidas tradicionales.
Los biocontroladores demostraron capacidad para colonizar estructuras de supervivencia de patógenos, reducir la liberación de inóculo y mejorar la resiliencia del sistema. Su rol apunta a disminuir la presión inicial de patógenos y, en algunos casos, la frecuencia de aplicaciones químicas. La encuesta REM 2025 mostró un crecimiento del 10% interanual en el uso de estos productos, con los bioestimulantes como los más difundidos y la soja como el cultivo preferido para su aplicación.
La aplicación de fungicidas debe ser el resultado de un proceso diagnóstico y no una respuesta automática. El desafío no es aplicar más, sino aplicar mejor. Las últimas campañas dejaron en claro que la sanidad en soja dejó de ser un aspecto puntual para convertirse en una dimensión transversal que condiciona la estabilidad del rendimiento.
En un escenario atravesado por enfermedades históricas, nuevos patógenos y mayor estrés abiótico, desde la REM de Aapresid insisten en volver a lo esencial: monitoreo, prevención y decisiones oportunas, como base de un manejo sanitario eficiente y sostenible.
La Capital


