Uno de los factores clave ha sido el crecimiento del riego y la consecuente mayor oferta de alimento desde lotes irrigados en zonas costeras. En algunos casos son chacras reconvertidas como consecuencia de la crisis frutihortícola y el abandono y reconversión hacia la producción de alfalfa o inclusive de maíz. Pero en otras ocasiones se trata de nuevas tierras sistematizadas que se riegan con bombas que extraen agua del abundante Río Negro. Lo cierto es que gracias a ellas, la ganadería de la Patagonia Norte pudo proyectar el cierre de su ciclo, un cambio de época en el que Guillermo es protagonista.
“Son campos duros, pero con manejo se puede trabajar bien. Mi padre lo hizo toda la vida y lo seguimos haciendo hasta el día de hoy”, explicó el productor, en su recorrida por las 10.000 hectáreas productivas (la inmensa mayoría sobre secano) junto a Bichos de Campo.
En cualquier localidad de la Pampa húmeda, esa extensión sería sinónimo de un planteo ganadero extraordinario, pero allí, donde la oferta de alimentos es siempre limitada, no lo es tanto. “Tenemos un único rodeo de 400 madres, pero la carga es baja. Son 100 vacas por legua, es decir aproximadamente una cada 25 hectáreas. Esa es la forma de defenderse bien acá”, señaló Costaguta, que, a ese esquema extensivo muy tradicional en la zona, le hizo un cambio bastante novedoso.
Actualmente, el campo de arriba (es decir, ubicado en la meseta) de los Costaguta está dividido por alambrados eléctricos en tercios, porque lo que hace es rotar el rodeo e ir encerrándolo en cada una de esas porciones para permitir que el resto se recupere con mayor facilidad. Se trata de un planteo de pastoreo rotativo, pero de dimensiones muchos más grandes de las que pueden existir en la región pampeana abundante en pasturas. Es la base de los planteos regenerativos, muy extendidos en el centro del país, pero hasta ahora difíciles de ver en el secano patagónico.
“Aunque no lo crean, se puede. Hoy en día tratamos de cuidar tanto a la vaca como al campo de la misma manera”, señaló el productor, que ve en ese cambio de perspectiva una abismal diferencia con sus antecesores en la oferta de pasturas en esa zona del campo.
De ese modo, sus grandes potreros se van alternando a lo largo del año, de acuerdo a la disponibilidad forrajera. “El descanso es fundamental”, agrega Guillermo mientras recorre las extensiones, orgulloso del buen resultado que le ha dado: el suelo se recupera mucho más fácil, en años difíciles el poder de fuego es mayor, y, encima, reserva otro espacio para cerrar el ciclo.
Lo llama “el paraíso”, y es una pequeña área de 170 hectáreas ubicada sobre la costa del río, donde el productor finalmente hace primero la recría de esos terneros que en otra época se vendían a establecimientos bonaerenses o pampeanos, porque allí no había suficiente pasto. Ahora hay alfalfa y hasta maíz. Los Costaguta fueron pioneros en la siembra del cereal en aquella región.
En ese campo la lógica es totalmente diferente: los terneros destetados se concentran en poca extensión, pero con mucho más alimento, también bajo un esquema de rotación. Literalmente el “paraíso” con el que alguna vez puede haber soñado su padre y otros tantos ganaderos patagónicos.
El ciclo se ha extendido mucho más. Antes, luego de la cría los terneros se vendían rápidamente a establecimientos de recría, a veces con no más de 120 kilos. Hoy, tras esa primera etapa se los encierra en zonas de valle, donde se alimentan a fardos y granos y recuperan vigor para el último proceso, que es la recría en zonas con pasturas implantadas y riego.
El final de esa historia es también gratificante: el novillo con más de 400 kilos se termina en feedlot y se faena en el frigorífico municipal de Luis Beltrán. Los terneros que antes salían expulsados del secano, hoy se quedan en la zona y abastecen al consumo interno patagónico, protegido además por un estatus sanitario distinto como zona libre de aftosa sin vacunación.
“Es de no creer, pero los resultados están a la vista”, expresó el productor, uno de los muchos de la región que han virado hacia ese nuevo paradigma, con ganadería regenerativa y recría en las costas.
La otra arista es la agrícola, ya que en esas 170 hectáreas se produce alfalfa, pasturas, maíz y cebolla con muy buenos rendimientos. En años buenos se pueden llegar a obtener unos 15.000 kilos de materia seca como forraje.
Como la disponibilidad de alimento es muy buena, y a menudo sobra, Guillermo puede darse el “lujo” de seguir adelante con la misma actividad que tenía su padre, que era la de vender los fardos en la región. Ya no en una camioneta, recorriendo pueblo por pueblo, sino con una foto enviada por celular.
En retrospectiva, al ver los grandes cambios que introdujeron esas nuevas formas de manejo, Costaguta asegura que aún queda mucho por desarrollar, un proceso que en parte está supeditado a la “espalda” del sector y que permitiría aumentar aún más la disponibilidad de carne en la zona.
“Hay muchas costas vírgenes que teniendo las políticas agrarias adecuadas para expandirse no tendrían techo”, aseguró el rionegrino.
Bichos de Campo


