Las importaciones de fertilizantes fosfatados provienen mayoritariamente de Marruecos, China y Estados Unidos, que en conjunto representan el 80% del total. A estos se suman, en menor proporción, Rusia, México, Brasil, Finlandia y Egipto, entre otros. Estos países cuentan con el mineral base necesario para la producción de fosfato monoamónico y diamónico. En contraste, los fertilizantes nitrogenados son provistos principalmente por países productores de combustibles, entre los que se destacan Egipto, Estados Unidos, Nigeria, las naciones del Golfo Pérsico, Rusia y Bolivia.
“Para la campaña de trigo 2026/2027, hay una adecuada provisión de humedad para la siembra y las etapas vegetativas como resultado de las lluvias otoñales. Este factor resulta determinante para la obtención de altos rendimientos, especialmente si las precipitaciones asociadas al fenómeno El Niño se agregan durante el ciclo del cultivo”, afirmó Esteban Ciarlo, coordinador técnico de Fertilizar. “En un escenario donde el agua no constituye una limitante, la nutrición del cultivo adquiere un rol preponderante en la determinación del rendimiento, por encima de otras variables como la sanidad o la fecha de siembra”, enfatizó.
Para lograr una nutrición eficiente, recomendó el análisis de suelo, herramienta que permite identificar deficiencias y definir dosis óptimas desde el punto de vista económico. Estos análisis brindan información sobre el contenido de nitrógeno —principal nutriente asociado al rendimiento—, así como sobre fósforo, pH, materia orgánica y otros nutrientes esenciales. A pesar de su bajo costo, su adopción es limitada: solo uno de cada cuatro lotes de trigo es sometido a este tipo de evaluación.
Una vez determinada la dosis adecuada en función de los datos del análisis, es posible aplicar el fertilizante en forma única o fraccionada, en función del rendimiento esperado y de la evolución del cultivo. Simultáneamente, resulta fundamental considerar el contenido de fósforo del suelo, dado que su deficiencia puede limitar el rendimiento en presencia de niveles adecuados de nitrógeno. “El objetivo de la fertilización debe ser alcanzar la máxima eficiencia económica, entendida como el equilibrio entre productividad e ingresos, que no necesariamente coincide con el máximo rendimiento físico”, resumió Ciarlo.
Cebada
La cebada es un cultivo con características similares al trigo, con aplicaciones tanto en la industria cervecera como en la alimentación animal. En el caso de la cebada cervecera, generalmente el grano es adquirido por la industria maltera, que realiza el proceso de germinación para la producción de malta, posteriormente utilizada por la industria cervecera. En la Argentina, algunas empresas integran ambos procesos.
Por su parte, la cebada forrajera se destina principalmente a la alimentación animal. Se suministra a cerdas en parición en nuestro país y a camellos en Medio Oriente. Arabia Saudita es el principal importador mundial de este producto.
“En el nivel global, el 85% de la producción de cebada se destina a uso forrajero y el 15% a maltería. En la Argentina, la distribución es más equilibrada: aproximadamente un tercio se destina a uso forrajero que se exporta; un tercio va a cebada cervecera para exportación y el tercio restante se orienta a la industria maltera nacional. De esta, aproximadamente la mitad se exporta y la otra mitad se destina al mercado interno”, distinguió Pablo Pristupa, profesor de la cátedra de Fertilidad y Fertilizantes de la Fauba.
Los requerimientos de la industria maltera incluyen, entre otros parámetros, un contenido de proteína en el grano de entre 10% y 12%, con tolerancias que oscilan entre 9,5% y 13%. La fertilización nitrogenada desempeña un rol clave en el logro de estos niveles proteicos.
“En la región norte de la provincia de Buenos Aires, para producir una cebada forrajera se requieren entre 120 y 140 kilos de nitrógeno por hectárea, entre el aporte del suelo y del fertilizante aplicado. En el caso de la cebada cervecera, los requerimientos se incrementan a entre 170 y 180 kilos de nitrógeno por hectárea, lo que implica un mayor costo de fertilización”, diferenció Pristupa.
Dada esta situación, se recomienda adoptar estrategias conservadoras de manejo, como la aplicación fraccionada del nitrógeno: una dosis se puede aplicar al momento de la siembra y otra durante el macollaje. Alternativamente, puede realizarse una segunda aplicación en encañazón. Estas fertilizaciones impactan positivamente en el rendimiento y en contenido de proteína. Otra posibilidad es diferir la segunda aplicación hasta la espigazón, que impacta específicamente en el contenido proteico. La elección del momento de fertilización puede decidirse con herramientas como Spad o Weedseeker, que evalúan el verdor o la actividad fotosintética de las hojas.
En síntesis: en esta campaña es más difícil resolver la ecuación de la fertilización de los cultivos de invierno que en otros años. Los productores deberán trabajar con sus asesores agronómicos para encontrar la dosis que permitan alcanzar la máxima eficiencia económica en cada situación valiéndose de las herramientas que permiten monitorear, periódicamente, la adecuada nutrición de los cultivos.
La Nación – Carlos Marin Moreno


