Los estudios internacionales sobre brechas de rendimiento muestran que un uso más eficiente de nutrientes podría elevar los rindes de trigo alrededor de un 22%. Por eso, las denominadas Mejores Prácticas de Manejo (MPM) ganan protagonismo, especialmente en lo referido a la elección correcta de la fuente, la dosis, el momento y la forma de aplicación del nitrógeno.
Uno de los puntos centrales es la definición de la dosis de N a partir de análisis de suelo y del rendimiento objetivo esperado. A esto se suman variables como el contenido de materia orgánica, la capacidad de mineralización y el cultivo antecesor. Herramientas complementarias, como el análisis de nitrógeno anaeróbico (Nan), permiten además estimar con mayor precisión el aporte del suelo y ajustar las recomendaciones de fertilización.
También el momento de aplicación resulta determinante. Las estrategias de fertilización dividida permiten mejorar la eficiencia de uso del nutriente y reducir riesgos de pérdidas. En paralelo, el monitoreo del cultivo durante el ciclo se vuelve indispensable para realizar ajustes a tiempo, teniendo en cuenta que las correcciones tardías tienen un impacto limitado sobre la proteína.
Con perfiles hídricos favorables, pero márgenes ajustados, el mensaje que deja la próxima campaña es claro: la eficiencia en la nutrición será determinante para transformar potencial productivo en resultados concretos.
Claves de manejo del nitrógeno en trigo
-Definir la dosis en función del análisis de suelo y el rendimiento objetivo.
-Priorizar la disponibilidad de nitrógeno desde la siembra.
-Dividir aplicaciones para mejorar la eficiencia y reducir riesgos.
-Monitorear el cultivo con herramientas de diagnóstico.
-Utilizar fuentes eficientes de nitrógeno, como urea granulada y tecnologías estabilizadas para refertilización y aplicaciones superficiales.
Clarín


