Un problema que atraviesa regiones y campañas
El estancamiento no responde únicamente a un problema climático ni regional. Según Aramburu, el amesetamiento de los rindes se observa tanto en años Niño como Niña, y también en ambientes marginales y de alta productividad.
Para estudiar esas diferencias, el equipo del INTA utiliza modelos de simulación calibrados con ensayos de alto potencial realizados en distintas regiones del país. Allí intervienen variables como disponibilidad hídrica, temperatura, radiación y tipo de suelo. "Los modelos nos permiten capturar tanto la variabilidad interanual como la variabilidad entre ambientes y suelos”, explicó.
El trabajo permitió estimar rendimientos potenciales y brechas para todo el territorio argentino. Comparado con otros países, Argentina aparece en una situación intermedia: similar a la del resto de Sudamérica, Europa del Este y el sudeste asiático.
La nutrición, principal limitante
Entre todos los factores analizados, la nutrición emerge como la principal explicación de las brechas productivas. “Para maíz, el principal factor es generalmente nitrógeno y fósforo. Las dosis que ponemos son bajas”, sostuvo Aramburu.
El investigador advirtió además sobre una tendencia preocupante: la caída progresiva de fósforo disponible en los suelos agrícolas argentinos, producto de balances negativos acumulados durante años.
En los maíces tempranos, los estudios encontraron una fuerte correlación entre rendimiento, dosis de nitrógeno y densidad de siembra. En los maíces tardíos, en cambio, gana relevancia la fecha de siembra. “La tecnología que se aplica en maíz temprano y tardío es distinta; prácticamente son cultivos diferentes”, resumió.
También señaló que el maíz “premia el rendimiento” cuando se analiza la relación entre rindes, costos y margen bruto, lo que refuerza la importancia de ajustar estrategias de manejo.
Conocer el potencial de cada lote
Para Aramburu, una de las claves para reducir brechas es mejorar el diagnóstico ambiente por ambiente. “Hoy no tenemos por ahí el dato como para saber el potencial que tuvo cada productor en cada lote”, indicó.
Conocer el potencial específico de cada ambiente permitiría ajustar densidad, fertilización y nivel de inversión con mayor precisión, especialmente en un contexto de elevada variabilidad climática y económica.
En ese sentido, el investigador remarcó que el productor también toma decisiones condicionado por el riesgo y las relaciones de precios. “Cuánto querés arriesgar cada uno” influye directamente en la inversión en fertilizantes y tecnología, explicó.
Cambio climático y mayor variabilidad
Otro de los factores que aparece detrás del estancamiento global es el aumento de la variabilidad climática. Aramburu mencionó que en regiones de Europa ya se detectaron reducciones del potencial productivo y una mayor frecuencia de años malos asociadas al cambio climático. Para Argentina todavía no hay conclusiones definitivas, aunque reconoció que la sucesión de campañas adversas puede afectar fuertemente las estadísticas de crecimiento. “Una seguidilla de años malos o de años buenos puede torcer la balanza”, explicó.
La genética sigue avanzando
Aunque algunos sectores plantean la posibilidad de un “techo” genético en maíz, Aramburu descartó por ahora esa hipótesis. “No hemos visto un techo”, afirmó. Según explicó, tanto en Argentina como en otros países continúan observándose ganancias genéticas en los híbridos comerciales, acompañando el aumento de los rendimientos potenciales.
Por eso, para el especialista, el problema no parece estar en la genética sino en la capacidad de capturar ese potencial a campo mediante mejores decisiones de manejo.
La conclusión que dejó el Congreso de Maizar es clara: el maíz argentino todavía tiene margen para crecer. Pero para volver a romper el estancamiento será necesario afinar la nutrición, ajustar densidades y fechas de siembra, conocer mejor el potencial de cada ambiente y manejar con mayor precisión el riesgo climático y económico.
Clarín – Lucas Villamil


