Ese “producto” no era un tractor genérico. Era un tractor pensado desde la experiencia acumulada en el campo argentino, desde la tuerca de una bomba hasta el aire acondicionado de la cabina. “Está hecho a nuestra medida, lo que necesita el productor argentino, lo que pensamos que se adaptaría mejor al suelo latinoamericano”, resume Fernández. El proceso llevó cerca de un año y exigió un nivel de detalle que sorprendió incluso a quienes ya conocían el negocio. “No es tan fácil. No es sencillo”, admite.
A la complejidad técnica se sumaron las dificultades culturales. La comunicación con China obligó a trabajar de madrugada. “Estábamos trabajando a las dos de la mañana para poder hablar con esta gente. Tener un buen feedback entre los dos fue complicado hasta que lo logramos”, cuenta. Pero el resultado está a la vista: más de cien tractores vendidos en menos de un año y una presencia destacada en el mercado de la maquinaria agrícola.
La irrupción de marcas como Traxor es ejemplo de la llegada masiva de maquinaria agrícola china, que repite el camino que ya recorrieron las camionetas y los autos asiáticos. Primero aparecieron los modelos pequeños y medianos, con precios muy por debajo de las marcas tradicionales. Con el tiempo, la calidad fue mejorando y la brecha tecnológica comenzó a achicarse. Hoy, emprendimientos como Traxor son la prueba de que la discusión ya no pasa por si los chinos pueden fabricar maquinaria agrícola de gran porte, sino por cuánto tardarán en disputar seriamente el mercado.
Fernández lo explica así: “Cada vez la brecha se va a ir achicando más. Primero hay que conseguir una buena relación costo-beneficio para el productor. Es lo que necesita el mercado argentino hoy”. Y agrega un dato que sintetiza el fenómeno: “Nos encontramos con productores que nunca habían podido llegar a un tractor cero kilómetro. Esto les da la posibilidad”.
El precio es un factor decisivo. Según Fernández, la diferencia con las primeras marcas supera el doble. En un contexto de márgenes ajustados, la ecuación es evidente: “Un productor piensa dos veces antes de comprar una primera marca. Más se va a estas unidades, que están pensadas para funcionar bien y están probadas”.
Pero el precio no alcanza si no hay respaldo. Uno de los prejuicios más persistentes sobre los tractores chinos es la falta de repuestos y servicio técnico. Traxor buscó desactivar ese temor desde el inicio. “Son tractores con un año y medio de garantía, soporte directo nuestro, tanto de repuestos como de servicio. No podés dejar a pata a un productor. Es una herramienta de laburo”, afirma. La red de concesionarios, que exige estructura de repuestos y servicio, es parte del mismo concepto.
El vínculo con la ensambladora china tampoco se congeló en el primer diseño. El ida y vuelta es permanente. “Pedido a pedido, todas las unidades vienen con mejoras. Y las mejoras que pedimos también las aplicamos a las unidades que ya tenemos vendidas”, explica Fernández.
Mientras conversamos, Fernández señala el TRX 200 detrás suyo. Es un tractor de 200 HP de uso agrícola, capaz de tirar una sembradora y casi cualquier otro implemento. Hasta hace pocos años, los tractores chinos eran sinónimo de baja potencia. Hoy ya compiten en segmentos donde antes solo jugaban las marcas centenarias. “No sé si reemplazarlas, pero competir directamente sí. Ya se está viendo”, dice.
Bichos de Campo – Diego Mañas


