El alquiler permite, en cambio, ajustar la cantidad de reproductores a las necesidades de cada campaña. “Se agranda el rodeo, se aumenta la cantidad de toros alquilados; se baja el rodeo, se disminuye. Es decir que permite un dimensionamiento exacto año a año de lo que uno necesita”, resumió.
La alternativa también resulta especialmente útil para los productores mixtos, que pueden considerar al toro como un insumo más de su planteo. “Las 300, 400 vacas que tiene comiendo rastrojos y cañadas no tienen además que mantener una tropa de toros”, señaló Rodríguez.
Otro uso creciente aparece en los establecimientos que realizan inseminación artificial a tiempo fijo. Después de la inseminación, se produce un pico de celos entre las vacas que no quedaron preñadas, por lo que se necesita una cantidad importante de toros para el repaso.
“Uno prácticamente tiene que tener disponibles la misma cantidad de toros que si no hubiese hecho la inseminación”, indicó. En esos casos, el alquiler permite sumar genética y resolver el repaso sin mantener los toros durante todo el año.
¿Y cuánto cuesta? Rodríguez propone una cuenta que, según dice, suele sorprender a los productores. “Yo les digo que yo se lo regalo el toro. Ahora vos hacés la cuenta de cuánto te va a cobrar el toro por quedarse todo el año en tu campo”, relató.
Su cálculo parte de comparar la amortización del reproductor con su costo de mantenimiento. Si un toro cuesta entre 1.200 y 1.500 kilos y se descuenta su valor residual, el productor puede estimar una amortización de unos 300 a 400 kilos por año. Pero allí todavía no aparecen el alimento, la sanidad, el espacio que ocupa ni los riesgos asociados.
“Esa cuenta no incluye el mantenimiento y es una cuenta injusta contra el costo del servicio de alquiler”, afirmó. El alquiler, con seguro incluido por utilización y muerte del reproductor, arranca en 500 kilos: 450 kilos correspondientes al servicio y 50 kilos de seguro. “Si al productor se le rompen todos o hasta se le mueren, no tiene ningún costo incremental”, destacó.
La empresa trabaja con distintas calidades de reproductores. Compra más de 200 toros por año en diferentes cabañas y adapta el precio a la información genética disponible. “La mayoría son toros puros controlados como los que uno va a comprar en un remate”, detalló Rodríguez. Trabajan poco con pedigree por tratarse de pedidos muy puntuales y tienen también algunos toros generales.
Además, los reproductores cuentan con información de sus cabañas de origen y, según el proveedor, pueden disponer de DEPs o datos genómicos.
El sistema también tiene un fuerte componente sanitario. Rent a Bull identifica los animales con doble caravana oficial, una propia y un tatuaje, y trabaja bajo el concepto de “tropa positiva” o “tropa negativa”. Si aparece una enfermedad contagiosa, no se aparta solamente al toro positivo: “Se elimina la tropa completa”.
La logística se organiza desde sus bases de Coronel Pringles y Cañuelas, combinando en una misma jaula los toros destinados a distintos clientes de una misma ruta. El mínimo habitual es de tres reproductores para que el flete resulte razonable, aunque puede haber excepciones.
Bichos de Campo – Nicolás Razzetti


