La elección de híbridos adaptados al ambiente, el control oportuno de malezas y el cuidado del tránsito de maquinaria completaron un manejo orientado a reducir cada una de las pérdidas potenciales.
En soja, si bien no se vieron rindes explosivos, el escenario fue similar. “Puede llover mucho, pero si el suelo no captura esa agua, el cultivo no la puede aprovechar. Ahí es donde aparecen las diferencias entre los lotes que vienen siendo bien manejados y aquellos que arrastran problemas de degradación”, expresó Picco.
En establecimientos que sostienen rotaciones intensivas e incorporan cultivos de servicios, especialmente vicia, la soja alcanzó rendimientos de 41 a 43 qq/ha.
“Allí, la mayor infiltración, la mejor distribución del agua en el perfil y un suelo con mayor actividad biológica permitieron capitalizar lo que ofreció el ambiente”, completó el asesor.
“El buen clima se aprovecha con manejo”
En el caso de LaPampa, relevamientos de la Bolsa de Cereales de Córdoba, rompió récords históricos, con un rinde promedio de 68,5 qq/ha en maíz y de 32.9 qq/ha en soja.
En ese marco, Gustavo Herrero arriba a similares conclusiones que su par santafesino: “El buen clima se aprovecha con manejo”.
Este socio Aapresid produce mayormente en el noreste de la provincia sobre suelos franco-arenosos con tosca entre los 60 y 120 centímetros.
Ahí la estrategia no pasa por acelerar los ciclos, sino por adaptar las fechas de siembra para atravesar el período crítico con las mejores condiciones posibles.
“Para nosotros la prioridad es la siembra postergada. Lo importante es atravesar enero y parte de febrero hasta que comiencen las lluvias de otoño”, explicó.
Esa decisión se complementa con una rotación de cinco cultivos, integrada por trigo, camelina, maíz, soja y girasol, además del uso estratégico de cultivos de cobertura cuando el lote necesita recuperar estructura.
Herrero destacó especialmente el aporte de la vicia y el centeno antes de maíz, así como el potencial de la camelina, por su capacidad para mejorar la condición física del suelo y facilitar el manejo del cultivo estival.
En tanto, la nutrición también responde a una lógica de largo plazo. Los análisis de suelo son la base para definir las estrategias de fertilización, especialmente en los cultivos de invierno, mientras que, en maíz, el nitrógeno se ajusta según el potencial de cada ambiente y las condiciones de la campaña.
Desde la Regional Aapresid La Pampa, Gustavo Herrero logró sojas por encima de la media zonal, gracias a una apuesta de largo plazo.
La elección de híbridos y variedades, por su parte, combina estabilidad productiva con adaptación a las características de cada lote.
Con estos manejos, Herrero cosechó hasta 90 qq/ha de maíz y 40 qq/ha de soja de primera, y no interpreta estos resultados como excepcionales.
“Los rindes explorados son los ‘logrables’ cuando las buenas rotaciones son acompañadas por el clima. Hay muchas empresas de la zona que trabajan de manera similar y muestran la misma estabilidad”, subrayó.
Detrás de ambas experiencias aparece un mismo concepto: el rendimiento no se construye durante una campaña, sino a lo largo de muchos años.
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