Nuestros principales competidores en la producción de soja y maíz, me refiero a los Estados Unidos y Brasil, han puesto el foco en el uso de etanol y biodiésel como la herramienta sustantiva para el sostenimiento de la agricultura y su cadena de valor.
Veamos algunos números. Brasil está utilizando más de 22 millones de toneladas de maíz para producir etanol, cuando ocho años atrás no llegaba a procesar 2 millones, y se estima que para 2033 estaría procesando 38 millones.
¿Por qué hace esto Brasil? Entre otras razones, y posiblemente la más importante, porque lo saca de la dependencia de la exportación del grano, abriendo un abanico de mercados diferente. Brasil ya exporta la burlanda (DDGS) que sale del proceso del etanol, incluso ganando mercado en China, que también quiere salir de la dependencia de la soja para su producción de carnes.
En contraposición, hoy la Argentina no llega a utilizar 2 millones de toneladas de maíz para hacer bioetanol, cuyas plantas se cuentan con los dedos de la mano, mientras que el 66% de la producción nacional se exporta como grano. Nota al pie: EEUU exporta solo el 20% de su producción como grano y Brasil el 28 por ciento.
Lo mismo que hace con el maíz, Brasil lo hace con la soja. Entiende la dependencia que tiene su exportación de poroto de China, ya que representa cerca del 80% como destino. Entonces, la estrategia es fomentar el uso de aceite para biodiésel, incrementar el crushing, y liberar volúmenes crecientes de harina de soja, que tiene un mercado más diversificado que el poroto.
De hecho, ya prácticamente exportan lo mismo que nosotros, y en muy pocos años van a pasar a ser el primer exportador global, desplazándonos como números uno del negocio.
Exactamente lo mismo hacen los Estados Unidos. ¿O es casualidad que el 27 de mayo de este año la Asociación de la Soja (ASA) de ese país haya aplaudido la decisión del presidente Donald Trump de incrementar el mandato para el uso del aceite de soja para biodiésel y diésel renovable? Los directivos de ASA saben perfectamente que más uso de aceite de soja para el biodiésel es mejor precios para sus farmers. Y ello porque también ahí opera la lógica de salir de la exportación del poroto para incrementar la de la harina proteica. Solo un dato: en ese país ya se usa más aceite de soja para biodiésel que para el uso culinario.
Y respecto del costo fiscal, es ridículo plantearlo (el proyecto solo aumenta 3 puntos el corte de etanol y 2,5 el de biodiésel), frente a leyes ya aprobadas con enormes beneficios fiscales cuyo objeto es atraer inversiones. Nuevamente, una ley de biocombustibles es una herramienta de política agrícola y agroindustriales, aquí y en el mundo. Con este objetivo, el proyecto aprobado por el Senado se queda corto. El corte con el biodiésel tendría que ir a 15 por ciento, lo cual permitiría retirar oferta de aceite de soja argentino del mercado global (sí somos por lejos primeros exportadores mundiales), lo cual fortalecería el precio, que automáticamente se trasladaría a un mayor poder de compra de la industria aceitera y, por ende, un mejor precio para el productor.
El autor es director de RIA Consultores
La Nación