Para el gobierno de Javier Milei, la nueva cuota china supone un doble desafío ya que, por principios, está en contra de la intervención del Estado en el comercio. Y también, según lo expresado por el libertario en la campaña electoral, en las antípodas ideológicas del gigante asiático. Pero el pragmatismo es el que manda y Agricultura deberá decidir el mecanismo de un negocio que representa cerca de US$1800 millones y concentra las ventas externas de cortes vacunos. En la Secretaría de Agricultura comenzaron a trabajar en una definición del tema, pero, por el momento, prevalece la cautela.
El otro frente de proteccionismo viene, como no podía ser de otra manera, de la Unión Europea. Pese a que hace 30 años comenzó la negociación para establecer un acuerdo de libre comercio con el Mercosur, y hace seis años se había llegado a un entendimiento mínimo, el Viejo Continente presenta fuertes resistencias. La presión de sus propios agricultores, que esgrimen argumentos falaces como la falta de cuidado ambiental en la producción de Brasil, Uruguay, Paraguay y la Argentina, busca impedir un convenio que ya otorgó demasiadas concesiones. Finalmente, ayer la Comisión Europea dio un paso crucial al aprobar el acuerdo, pero el fantasma del proteccionismo sigue vigente.
La Unión Europea mantiene su proyecto de Pacto Verde por el cual pretende que los países a los que les compra adopten las mismas políticas internas europeas. Bajo el pretexto de cuidar el ambiente y a sus propios consumidores, esta iniciativa es contraria a los avances de las tecnologías en el agro. Los propios productores europeos están padeciendo el reglamentarismo excesivo de Bruselas con reducciones en el uso de fertilizantes y fitosanitarios.
La Argentina, como país exportador neto de agroalimentos, se ve afectada por las corrientes proteccionistas y la escasa voluntad que ponen los países más desarrollados en liberalizar el comercio agrícola. Pese a que el actual gobierno busca aprovechar al máximo las oportunidades de la expansión de los mercados, el ambiente que debe enfrentar es claramente hostil.
Aquí se presenta un dilema para la producción: si corresponde adaptarse a las exigencias que fijan otros mercados o se apunta a los países que verdaderamente necesitan importar alimentos porque sus economías crecen y la dieta de su población mejora. La brújula, quizás, se deba orientar al sudeste asiático, India, África, Medio Oriente y los países de América latina. El 2026 va a estar lleno de desafíos y el frente externo es uno de los más importantes.
Campo – La Nación – Cristian Mira


