La mosca no solo daña el fruto al picarlo —lo que provoca pudrición y caída—, sino que obliga a los productores a sumar manejos y tratamientos que incrementan los costos. “Esto significa seguir agregándole gastos al producto en un contexto muy complicado, con un mercado interno que sigue muy bajo y precios que prácticamente son los mismos que en 2019 o 2020”, advirtió.
Uno de los indicadores que sigue de cerca el sector es el MTD (moscas por trampa por día), un índice que releva el Senasa a partir de trampas distribuidas en distintas zonas productivas. En el noreste entrerriano, por ejemplo, los valores superaron ampliamente los niveles normales. “Tenemos registros por encima de cinco MTD, que equivalen a más de 90 moscas por día por trampa. Son niveles altísimos”, afirmó Dal Mazo. Para tener una referencia, explicó que con valores superiores a 0,1 ya se recomienda intensificar
El problema se agrava porque, hacia el cierre de la campaña, queda menos fruta en los árboles y la mosca se concentra en esos pocos lotes. “Hay menos lotes con fruta, pero mucha más mosca, y eso hace que gran parte termine picada y no sirva ni para comercialización ni siquiera para industria”, indicó. El fruto afectado cae al suelo y se pierde por completo.
Según alertó el dirigente, la fruta caída permite que la larva complete su ciclo y quede encapsulada en el suelo. “Esa pupa puede permanecer bajo tierra hasta dos años. Si no se hace un tratamiento en suelo, el año que viene podemos tener los mismos niveles de mosca o incluso mayores”, explicó. Por eso remarcó que el control no debe limitarse a la planta, sino también incluir el suelo cuando el daño es elevado.
El macizo citrícola argentino abarca unas 50.000 hectáreas y la presencia de mosca se registra tanto en Entre Ríos como en Corrientes. “Hablando con productores correntinos estamos en la misma situación. Es un problema de todo el macizo, aunque hay zonas más complicadas que otras”, dijo Dal Mazo.
En este contexto, las alternativas de control también tienen algunas limitaciones. El uso de avionetas hoy resulta inviable en muchas áreas, por la cercanía de escuelas, ríos, galpones avícolas y reservas de agua. “En mi caso, en la entrada de la quinta hay una escuela y en el fondo el río: con avioneta no se puede aplicar”, explicó. Además, los permisos para ese tipo de aplicaciones tampoco están habilitados actualmente.
Por ese motivo, detalló que empezaron a utilizar drones. “Algunas asociaciones ya los adquirimos y otras están en proceso. La idea es implementar un plan de control de mosca con drones, que nos permita llegar a lugares donde hoy no podemos”, señaló Dal Mazo. Según aclaró, los productos utilizados son biológicos, de banda verde, y no generan impacto ambiental ni afectan a las abejas.
En paralelo, los productores combinan distintas estrategias, entre ellas esta la trampa para monitorear el ingreso de mosca, manchoneos con atrayentes específicos, aplicaciones puntuales de insecticidas cuando los niveles son muy altos y sistemas de trampeo masivo que actúan durante varios meses. “Nada es 100% efectivo por sí solo. Lo importante es saber leer los datos y actuar en el momento justo”, explicó.
El avance de la plaga coincide con una etapa sensible del calendario citrícola. En estos días se transita el final de la naranja de verano, que puede permanecer en planta hasta mediados de enero, y en pocas semanas comenzará la cosecha de las mandarinas tempranas, seguida por el resto de las variedades. “Por eso es importante bajar ahora los niveles de mosca, para llegar a las mandarinas con la menor presión posible”, explicó Dal Mazo.
Campo – La Nación – Pilar Vazquez


