Desde el sector destacan que el mercado acompaña. La expansión del consumo en Asia y el envejecimiento poblacional a nivel global impulsan una demanda sostenida de productos higiénicos. Ambos segmentos exhiben demanda creciente: el uso de pañales descartables en bebés crece al compás de la mejora de ingresos en sociedades en desarrollo. Y la pirámide poblacional muestra un aumento de la cantidad de ancianos, donde los pañales son cuatro veces más grandes y la expectativa de vida crece sin cesar. En el otro segmento, de “celulosa marrón”, el auge del comercio electrónico y el delivery multiplica la necesidad de embalajes.
El impacto económico proyectado es significativo. La planta tendrá una capacidad inicial de 800.000 toneladas anuales —escalable a un millón— y podría generar más de 900 millones de dólares por año en exportaciones. Además, producirá su propia energía a partir de biomasa, con excedentes que podrán inyectarse a la red, consolidando un esquema industrial sin uso de combustibles fósiles.
Uno de los efectos más inmediatos se verá en la cadena forestal. En Corrientes operan más de 200 aserraderos que hoy aprovechan apenas el 40% de la madera. El proyecto permitirá valorizar residuos, raleos y subproductos, generando un “precio piso” para toda la producción y mejorando los ingresos del sector primario. La integración será total: cada parte del árbol tendrá destino industrial.
El efecto derrame también alcanzará a otras actividades. La logística forestal potenciará el uso del puerto de Ituzaingó, beneficiando a producciones como el arroz, mientras que se abren nuevas oportunidades para sistemas silvopastoriles que integren forestación y ganadería.
El gobernador Valdés puso el acento en el impacto social: miles de empleos directos e indirectos y una transformación estructural del mercado laboral local. La expectativa es que el proyecto funcione como ancla para nuevas inversiones en servicios, logística e industria.
Claro que el desafío no es solo técnico ni financiero. La licencia social será clave, y en ese camino los estudios ambientales y la transparencia en la gestión jugarán un rol determinante.
Con una hoja de ruta que apunta a entrar en operación hacia el final de la década, ARPulp no es solo una fábrica. Es la apuesta a que Corrientes pase a convertirse en un jugador industrial de escala global, recuperando el tiempo perdido y regalado a nuestros vecinos del polo fotosintético.
Rural – Clarín – Héctor Huergo


