Frente a este panorama, los especialistas advierten que el principal desafío ya no pasa por anticipar el clima, sino por construir sistemas productivos capaces de resistir escenarios extremos. La recomendación es avanzar hacia modelos más resilientes, con cultivos preparados tanto para sequías como para excesos hídricos y temperaturas extremas.
En ese proceso, la incorporación de bioestimulantes aparece como una de las herramientas centrales para fortalecer la tolerancia de las plantas al estrés climático. Según los especialistas, este tipo de tecnologías permite amortiguar el impacto de sequías, heladas, granizo o inundaciones, con mejoras de rendimiento que pueden oscilar entre el 9% y el 32% en contextos adversos.
La regeneración de los suelos también es señalada como una estrategia clave. Desde Cycle F sostienen que la recuperación de materia orgánica mejora simultáneamente la capacidad de retención de agua y el drenaje, dos factores decisivos frente a eventos climáticos extremos. Además, el uso de fertilizantes organominerales permitiría reducir hasta un 30% el consumo de fertilizantes químicos tradicionales, en un contexto de costos elevados.
Otro de los cambios que se plantean es el avance hacia modelos de economía circular, donde residuos de una actividad puedan reutilizarse como insumos de otras cadenas productivas. Los especialistas consideran que este esquema no solo mejora la sustentabilidad y reduce costos, sino que además abre oportunidades comerciales en mercados internacionales que exigen estándares ambientales cada vez más altos.
Innovación
La innovación tecnológica aparece como el último gran eje para recuperar competitividad. Los especialistas advierten que Argentina pierde terreno frente a Brasil en productividad agrícola y sostienen que la única manera de revertir esa tendencia es mediante una mayor incorporación de tecnologías vinculadas a la eficiencia productiva, como fertilizantes inteligentes, monitoreo de cultivos y herramientas de agricultura de precisión.
Para el sector, la llegada de El Niño representa mucho más que un evento meteorológico puntual. Se trata, aseguran, de un nuevo escenario climático caracterizado por extremos cada vez más frecuentes y violentos. En ese contexto, los productores que logren adaptarse más rápido tendrán ventajas no solo para enfrentar la volatilidad, sino también para reducir costos, mejorar márgenes y acceder a mercados que premian la sustentabilidad.
“El Niño no es una amenaza que pueda evitarse. Es una realidad que el agro debe aprender a gestionar”, concluyeron desde Cycle F.
Agroclave – La Capital


