La restitución del recibo de granos por parte de Los Grobo Agropecuaria logró mejorar los ingresos de la empresa concursada en el marco de un importante ajuste de la plantilla laboral.
Los ingresos por cobranzas de granos, que en abril pasado habían caído a 5199 millones de pesos, en mayo subieron para alcanzar 18.702 millones y en junio 13.776 millones, lo que permitió a la compañía terminar con un saldo de caja magro pero indispensable para mantenerse “a flote” en el transcurso del proceso concursal.
Los acuerdos de entrega de granos, si bien comenzaron a instrumentarse de manera discrecional en un inicio, desde junio pasado fueron habilitados para todos los acreedores granarios.
Al pasado 1 de julio los síndicos habían identificado un total de 314 contratos firmados por Los Grobo Agropecuaria con empresas agrícolas, los cuales en su mayor parte comprenden un pago de 7 dólares por cada tonelada de soja o girasol o bien de 5 dólares en el caso de cereales, de manera tal que así los productores pueden ir reduciendo el pasivo concursal a cambio de abastecer con granos a la compañía.
¿Se puede hablar de campaña estival exitosa en medio de un clima complicado? En La Pampa, el maní parece tener una respuesta clara. Con la mayor superficie sembrada desde que hay registros, este cultivo alcanzó un volumen de producción que duplicó con creces el promedio histórico provincial. Un hito que no pasó desapercibido.
Las máquinas trabajaron a buen ritmo, salvo en sectores puntuales como Chapaleufú, donde la humedad retrasó un poco las labores. Pero hubo zonas que marcaron la diferencia: en Ingeniero Luiggi, por ejemplo, los rindes superaron los 32 quintales por hectárea de grano limpio y seco. En una campaña marcada por la incertidumbre climática, este tipo de resultados se celebran.
El dato no es menor: por primera vez se utilizó tecnología satelital para estimar con mayor precisión la superficie implantada. Este avance permitió no solo ajustar los cálculos iniciales, sino también comprender mejor el impacto real de la campaña y la dimensión del crecimiento de este cultivo.
En las afueras de Villa María, Córdoba, una pyme láctea familiar se prepara para dar un salto productivo sin precedente. De procesar 30.000 litros de leche diarios, pasará a 90.000 litros para febrero de 2026. La apuesta no solo es industrial: detrás hay una filosofía integral que conjuga eficiencia operativa, bienestar animal y un fuerte compromiso con el ambiente.
Valentín Giraudo, tercera generación de la familia y actual gerente de la empresa, tiene apenas 28 años, pero habla con la convicción de quien creció entre tanques de leche, rodeado de historia y desafíos. “Somos una empresa familiar. Tenemos un tambo, una fábrica láctea y un autoservicio mayorista. El grupo se llama Don Emilio; el nombre del tambo es Mharnes, por mi abuela Marta y; Néstor, mi abuelo; y la industria láctea, Duy Amis”, detalla a LA NACION.
La historia se remonta al menos cinco décadas atrás, cuando Néstor Giraudo y sus hermanos, Norberto y Héctor, comenzaron con varios tambos, propios y alquilados. “En 2016, cuando falleció mi abuelo Néstor, mi padre Pablo y su hermano Gabriel decidieron concentrar toda la producción en un solo campo propio, muy cerca de la Universidad Nacional de Villa María. Era imposible seguir operando tambos a más de 200 kilómetros de distancia. En ese entonces teníamos 300 vacas en ordeñe”, recuerda.