SAN CARLOS DE BARILOCHE.- Nacido en Río Gallegos en 1982, la vida de Hugo Lattanzi transcurre entre el sudeste cordobés (actualmente vive en Camilo Aldao) y Norpatagonia. Con un padre vinculado a la actividad petrolera y una tradición agropecuaria heredada de su abuelo en Córdoba, Lattanzi afianzó desde joven su vocación por la agronomía.
Su familia mantiene un fuerte lazo con la región patagónica: su madre reside en Neuquén, su hermano trabaja en telecomunicaciones ligadas al sector petrolero y su hermana es profesora de música en General Roca. Mientras cursaba la carrera de ingeniería agrónoma en la Universidad Nacional de Córdoba y manejaba 400 hectáreas en Camilo Aldao, en plena zona núcleo agrícola, la materia Hidrología despertó su curiosidad sobre los valles patagónicos.
Tras visitar el INTA Alto Valle y recorrer la zona en 2009 y 2010 en trabajos junto a otros profesionales, confirmó el enorme potencial de los cultivos estivales bajo riego en Norpatagonia. Finalmente, en 2024 concretó la compra de un establecimiento de 100 hectáreas en Lamarque, en el Valle Medio de Río Negro, favorecido por una relación del costo de la tierra donde una hectárea en Córdoba equivalía a tres en suelo rionegrino. Una suerte de “Tierra prometida” para producir.
“Siempre vi la zona con mucho potencial. Conocía el Alto Valle por mi familia y luego trabajando con otros ingenieros agrónomos, como Hugo Ghío, que fue pionero en apostar por el sur. Desde 2009 estuve mirando campos en la zona, buscándole la vuelta hasta terminar invirtiendo hace dos años”, cuenta Lattanzi a LA NACION.
La amenaza de una nueva crecida del río Paraná, algo muy usual cuando ocurren fenómenos El Niño, encendió las alarmas en el norte de Corrientes, especialmente entre los productores ganaderos de las islas Apipé.
Allí, unas 7.000 cabezas dependen de una logística de evacuación que hoy aparece como uno de los principales puntos críticos frente a un escenario de mayores precipitaciones.
Según explicó Ortiz durante la última edición de Infocampo Estudio, hasta el momento apenas pudieron trasladarse apenas entre 450 y 500 animales.
El problema es que, si el río alcanza niveles similares a los de grandes crecientes anteriores, las zonas altas disponibles dentro de las islas no serían suficientes para contener a toda la hacienda.
En ese escenario, entre 3.500 y 4.000 animales podrían quedar sin espacio seguro y con dificultades para acceder a alimento. Pero el problema no es solamente la disponibilidad de superficie: también existe un cuello de botella que puede definir la velocidad del operativo.
“El productor espera hasta último momento y cuando llega ese momento ya es tarde para salir; hay una sola balsa de hacienda para trasladar esa cantidad desde Apipé hacia el continente”, advirtió Ortíz.
La llegada de El Niño no solo obliga a mirar qué puede pasar con los cultivos. Frente a la perspectiva de períodos más húmedos, especialistas del INTA Balcarce recomendaron preparar con anticipación los patios de acopio para evitar anegamientos, roturas y demoras en la extracción de los granos.
“La planificación debe comenzar antes de embolsar. Cada bolsa tiene que quedar en condiciones de ser inspeccionada, reparada o retirada incluso después de varios días de lluvia”, señaló Leandro Cardoso, especialista en poscosecha del INTA Balcarce.
Uno de los primeros puntos es reconocer cómo circula el agua por el lote y comprobar que las pendientes, cunetas y salidas permitan evacuarla. También aconsejaron corregir depresiones, recuperar la firmeza de las zonas de tránsito y retirar piedras, rastrojos u otros elementos capaces de perforar el plástico, sin remover innecesariamente la capa superficial del suelo.
“Una alta ocupación del playón, advirtieron, puede aumentar la capacidad de almacenamiento, pero también bloquear el drenaje y dificultar el acceso a una bolsa con problemas”, dieron cuenta desde INTA.
En ese sentido, Cardoso recomendó “dejar al menos un metro libre entre bolsas contiguas y también entre sus extremos, ya que esa distancia facilita la inspección, favorece el secado del suelo después de las lluvias y reduce el riesgo de que la maquinaria dañe una bolsa cercana durante la extracción”.
Muchos cultivos de importancia agronómica como el maíz, el sorgo o la caña de azúcar, desarrollaron durante su evolución el llamado “metabolismo C4”: un truco molecular que vuelve más eficiente la fotosíntesis y permite utilizar mejor el dióxido de carbono del ambiente como fuente de carbono, especialmente en condiciones de alta temperatura o radiación y menor disponibilidad de agua. Ahora, un equipo de investigación internacional liderado por dos científicas rosarinas descubrió los sutiles cambios estructurales que le permiten a una enzima clave participar de este proceso, lo cual podría servir en el futuro para el desarrollo de plantas que resistan mejor las condiciones ambientales adversas.
Los hallazgos fueron presentados en dos artículos diferentes, pero complementarios, en las revistas Molecular Biology and Evolution y The Plant Journal, siendo portada de esta última.
“Comprender estos determinantes moleculares no sólo nos permite reconstruir cómo se especializaron estas enzimas durante la evolución de la fotosíntesis C4, sino que también abre perspectivas para el futuro. Por ejemplo, este conocimiento podría utilizarse, mediante estrategias de ingeniería y edición génica, para modificar enzimas de plantas con metabolismo C3 -menos eficientes en la utilización del dióxido de carbono- e intentar incorporar algunas de las características que contribuyen a las ventajas adaptativas y productivas de las plantas C4”, señaló a la Agencia CyTA-Leloir una de las investigadoras principales, Clarisa Álvarez, doctora en Ciencias Biológicas, investigadora del Conicet en el Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos (Cefobi), que depende también de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).