El Grupo Grassi, que ya participa desde 2012 en el negocio de carne porcina al integrarse como socio de Isowean –el mayor productor de cerdos de la Argentina–, ahora también tendrá una “pata” en el negocio de la carne vacuna.
Eso porque, al tomar control de la “Nueva Vicentin Argentina” luego de haber ganado el “cram down”, una de las unidades de negocio que comenzará a gestionar es un feedlot (Los Corrales de Nicanor) que se abastecía de la burlanda húmeda generada por la planta de bioetanol localizada en la ciudad santafesina de Avellaneda.
El feedlot, que cuenta con una capacidad instantánea de 30.000 cabezas de ganado bovino, actualmente se encuentra vacío, lo que representa un despropósito ante las perspectivas favorables presentes en el negocio ganadero.
“El feedlot, que está perfectamente integrado con la planta de bioetanol, se va a reactivar muy pronto”, adelantó Mariano Grassi, CEO del Grupo Grassi, a Bichos de Campo. “Estamos cerrando una asociación estratégica porque queremos llenar el feedlot muy rápido, quizás para febrero próximo”, indicó.
“Lo más importante que logramos es mantener todas las unidades de Vicentin sin vender ninguna; está toda ‘enterita’. Va a competir con una nueva gestión”, remarcó Grassi, representante del grupo que tiene la mayoría accionaria de la “Nueva Vicentin Argentina”.
En general, puede decirse que 2025 fue un año que cierra con un balance positivo para el agro. No obstante, siempre hay acontecimientos que pueden afectar de manera particular a algunas producciones, economías regionales o zonas geográficas.
Eso es lo que sucedió en gran parte del centro y oeste de Buenos Aires, fundamentalmente en la Cuenca del Salado, donde se sucedieron una serie de inundaciones que se configuraron como un verdadero drama productivo y social: dejaron millones de hectáreas bajo el agua, pueblos aislados y caminos rurales destruidos, entre otros daños.
Esto, a su vez, desnudó una vez más la falta de infraestructura que sufre el sector, pese al multimillonario aporte realizado en los últimos años a través de los impuestos.
“Esto no terminó. Hay productores que hoy siguen con el agua igual que hace meses”, resumió Ignacio Kovarsky, productor ganadero de Trenque Lauquen y presidente de Carbap, en diálogo con Infocampo y al trazar el balance de un año que combinó altos rendimientos a nivel nacional con una crisis profunda y localizada en el corazón bonaerense.
Las inundaciones no solo dejaron pérdidas económicas directas. También provocaron un desgaste emocional y social difícil de cuantificar.
“El drama diario fue durísimo. Hubo gente que sufrió infartos por la angustia, familias enteras aisladas durante meses”, continuó el dirigente, poniendo en palabras una realidad que muchas veces queda fuera de los balances productivos.
En el horizonte agrícola se vislumbran máquinas inteligentes que trabajen sin conductores y que sean capaces de modificar la labor programada de manera autónoma, ante el cambio de condiciones. Se agregan tractores y cosechadoras híbridos o solo con motores eléctricos y drones con 300 kilos de capacidad para aplicar fitosanitarios de manera localizada, según prescripción. La agricultura automatizada se abre paso vertiginosamente en el mundo, para aumentar los rendimientos, reducir los riesgos de los operarios y facilitar las labores de implantación, protección y cosecha.
Nicolás Marinelli, de 32 años, soltero, es el actual responsable de un campo familiar cercano a Venado Tuerto en el que se desarrollan actividades agrícolas, al que se suma una empresa prestadora de servicios de cosecha, siembra y pulverización.
La vinculación de la familia Marinelli con el sector agropecuario se inicia hace 60 años, cuando el abuelo de Nicolás, José Marinelli, trabajaba en la fábrica de cosechadoras Giubergia. A partir del conocimiento allí adquirido, compró una trilladora y comenzó a brindar servicios de cosecha para sentar las bases de una actividad que se consolidaría con el paso del tiempo.
Durante muchos años, la empresa fue desarrollándose hasta que se incorporó Sergio Marinelli, padre de Nicolás. Sergio Marinelli fue pionero en el desarrollo de la agricultura de precisión y confeccionó el primer mapa de rendimiento del país utilizando una cosechadora John Deere.
En el negocio ganadero hay ciclos, hay variables que suben y bajan y hay decisiones que se pueden postergar. Pero hoy, en un mercado donde la hacienda cotiza con valores históricamente muy altos, hay un aspecto que ya no admite demora: la eficiencia 360 en la producción de terneros. La firmeza del precio de esta categoría y de la hacienda para faena reconfiguró el mapa productivo de la ganadería argentina. Con menos oferta disponible y una demanda interna y externa sostenida, cada ternero destetado con 200 kilos equivale a un millón de pesos, un valor históricamente alto en moneda constante y en dólares. Pero ese valor solo se materializa en sistemas que funcionen muy bien. “En el actual contexto, la eficiencia en todos los aspectos que inciden en la cría dejó de ser opcional; es una obligación. No alcanza con tener las vacas; hay que lograr que produzcan a full. No hay tecnología que compense un sistema desordenado”, diferencia Francisco López Harburu, directivo de Select Debernardi, en un informe de la empresa.
Durante muchos años, la ganadería argentina convivió con un problema estructural: muchos establecimientos de cría se conformaban con resultados discretos, casi resignados a la idea de que eran sistemas “lentos”, “de baja tecnología”, en los que era difícil “mover la aguja”. Ese tiempo terminó. El precio actual del ternero obliga a replantear esa mirada y aprovechar esta oportunidad histórica.
“Cuando la hacienda es cara, las ineficiencias duelen mucho. Cada vaca vacía ya no es un número más: es un costo concreto, una pérdida directa y un margen que se escapa, sin posibilidad de recuperarse durante todo un ciclo”, sostiene López Harburu.
Días atrás, los Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (CREA) publicaron una nueva edición del Sistema de Encuestas Agropecuarias (SEA) a partir del que se trasluce una buena situación productiva en general, con un nivel de precios que operan como factores determinantes para plantear hoy un escenario tendiente a lo favorable para la lechería y la ganadería
Según el referente del espacio para el sector lechero, Jorge Olmedo, más allá de los datos, la encuesta muestra lo que piensan los productores y asesores sobre la realidad actual y la perspectiva de cada una de las producciones. La hacen desde hace cinco años en los meses de marzo, julio y noviembre.
En esta oportunidad de los 2.200 miembros CREA respondieron 1.450 empresarios, y la contestaron 2.028 técnicos, con una gran territorialidad y abarcando miradas de diferentes actividades.
“Hace muchos años aprendí a escuchar a los que no gritan”, dice Olmedo con su humor tan característico, aludiendo a la necesidad de entender la situación del sector lechero desde la realidad, a partir de los productores reales y sin los tironéos por eslabón que no generaron nunca soluciones.
Olmedo revela que “hay un nivel de confianza mejor ahora que antes de las elecciones. El 81% piensa que vamos a estar mejor dentro de un año. Solo un 2% peor y el 17% igual. O sea que hay mucho optimismo hacia adelante”.
El aumento del precio de la carne vacuna fue uno de los factores detrás del reciente aumento de las tasas de inflación mensual y según la Sociedad Rural Argentina (SRA), es improbable que esa presión afloje en los próximos meses.
Un estudio de la entidad sobre las “claves estructurales” del fenómeno afirma que el reciente aumento del precio de la hacienda surge de una convergencia de factores climáticos, productivos, logísticos y biológicos en un momento de “transición profunda” de la ganadería argentina.
No se trata de un episodio coyuntural, “sino la normalización de un mercado que durante cuatro años mantuvo precios rezagados frente a la inflación”, dice el trabajo, que en sus conclusiones afirma: “la suba de precios es parte de una transición estructural. Las malas políticas aplicadas entre 2019 y 2023 desalentaron la producción ganadera y estamos experimentando sus resultados. La oferta actual refleja decisiones tomadas años atrás, en un contexto que desalentaba la inversión. La demanda, local y externa, se fortaleció al mismo tiempo que el clima y la estacionalidad limitaron la oferta y el normal movimiento de hacienda. El nuevo marco político devolvió señales claras al mercado, pero la ganadería tiene tiempos biológicos que no pueden acelerarse. La recomposición llevará entre 2 y 4 años. Los precios de hoy marcan el comienzo de un nuevo ciclo, no su final”.
En un escenario donde la agricultura enfrenta el desafío de producir más con menos, la articulación entre ciencia y tecnología nacional demuestra su potencial transformador. El convenio INTA–Crucianelli–Leaf Agrotronics llevó del laboratorio al campo una innovación que ya siembra más de 1,2 millones de hectáreas en todo el país: el sistema de corte línea a línea universal, un mecanismo que optimiza la siembra y marca un nuevo estándar en eficiencia agronómica.
“El desarrollo surge de una necesidad concreta detectada por nuestros ensayos de siembra: la superposición de semillas en cabeceras e irregularidades del terreno. Esa sobresiembra no solo implica desperdicio de insumos, sino también competencia entre plantas y pérdida de rendimiento. Era un problema silencioso, pero constante”, explicó Hernán Ferrari, investigador del INTA Concepción del Uruguay, Entre Ríos, y coordinador técnico del Convenio INTA–Crucianelli–Leaf Agrotronics.
El diagnóstico del INTA fue el punto de partida para una respuesta tecnológica de alto impacto. Crucianelli y Leaf Agrotronics diseñaron un sistema capaz de interrumpir la dosificación de semillas de manera independiente en cada línea, evitando solapamientos y mejorando la distribución espacial. “La precisión de corte línea a línea nos permite sembrar solo donde corresponde, optimizando cada metro del lote”, remarcó Ferrari.
Ya pasaron 6 meses desde que el Senasa dispuso, de forma definitiva, la apertura de la barrera sanitaria y permitió que los cortes con hueso plano también ingresen desde el norte a la Patagonia. La excusa era bajar los precios de la carne para los habitantes de aquella región. Pero cuando se pregunta qué efecto ha tenido, la respuesta es unánime: los precios bajaron sólo para el asado, pero el que ingresa es de tan baja calidad que es muy poco elegido y, encima, genera efectos negativos a nivel productivo.
A diferencia del diagnóstico que trazó Bichos de Campo en ocasiones anteriores, esta vez queda de manifiesto que el sector ya no tiene mucho más que hacer. Del lado del gobierno no se volvió a tocar el tema, los recursos presentados fueron “cajoneados” en la Justicia y, como no hubo finalmente un impacto en las exportaciones a Chile y la Unión Europea, la barrera sólo quedó en la agenda de los patagónicos.
Cabe recordar que esa medida sanitaria fue instaurada hace décadas cuando al sur del Río Colorado las provincias adquirieron el estatus de libre de Aftosa sin vacunación e impusieron controles para que no ingresara ni hacienda ni cortes de carne con hueso, que son vías por las cuales puede filtrarse ese virus en caso de haber un brote.
También cabe recordar que el país no tiene circulación de esta infección desde 2006, un dato que motivó a que este año el Senasa decidiera flexibilizar los controles. La idea de fondo era que el norte enviara allí su asado para aumentar la oferta y bajar los precios en la Patagonia. Pero al día de hoy, a 6 meses de que la medida haya quedado firme, aseguran que parte de ese efecto se diluye por el tipo de carne que ingresa. Lo que entra a bajo precio es el asado de vaca vieja, con mucha grasa y poca carne, que casi nadie comería.
Donde antes predominaba la frustración porque, cada tanto, las cosechas no tenían salida comercial, hoy empiezan a aparecer hileras de chía, parcelas de comino, ensayos de anís y sésamo, y montes jóvenes de higueras, almendros y pistacho. Detrás de ese cambio hay una iniciativa de Federación Agraria Argentina (FAA), a través de la Fundación de la Mesa de Enlace en Córdoba, que busca que los productores del noroeste provincial incorporen cultivos alternativos de alto valor, con respaldo técnico y estudios de mercado, para abrir nuevas oportunidades y lograr actividades más rentables en una zona históricamente difícil de producir.
La imagen contrasta con la postal clásica de Córdoba como provincia “rica” y agrícola, ligada al liderazgo en soja, maíz y maní. “Este proyecto nace por la necesidad de cambiar el paradigma de una Córdoba productiva y próspera asociada solo a esos cultivos, cuando el 30% del territorio está en una zona árida y tiene índices de desarrollo humano típicos de un país africano”, plantea Hugo Bustamante, productor de la zona y presidente de la filial Cruz del Eje de Federación Agraria.
El dirigente aclaró que en la zona no falta conocimiento ni condiciones para producir. En la cuenca del dique Cruz del Eje hay agua, suelos que responden y productores acostumbrados a trabajar. El verdadero cuello de botella aparece cuando la producción tiene que salir al mercado. Durante años, los horticultores de la zona sembraron lo de siempre —tomate, pimiento, berenjena, cebolla, zapallito— y se encontraron una y otra vez con la misma escena: al momento de cosechar, los galpones mayoristas ya estaban abastecidos con mercadería de otras regiones y los precios se derrumbaban. “Te queda la producción tirada en el campo y perdés todo el capital que invertiste”, resume.
Entre compras chinas menores que las esperadas y condiciones ambientales favorables para los cultivos en Sudamérica, la soja completó la tercera semana bajista consecutiva en Chicago. También hubo bajas para el trigo, afectado por una oferta mundial récord y por la competitividad de bajos precios impuesta por el grano argentino. El maíz se desmarcó de las bajas y logró un saldo ligeramente positivo por el buen andar de las exportaciones estadounidenses. El forrajero también fue el producto con mejor semana en el mercado argentino, donde se mantuvieron debilitados los precios de la soja y del trigo, éste último, en medio de una campaña inédita.