El pistacho, el “Oro verde” para muchos, comenzó a consolidarse en los últimos años como uno de los cultivos más dinámicos dentro del mapa de inversiones agropecuarias argentinas. En los meses recientes, desarrolladoras especializadas, operadores agrícolas e inversores privados impulsaron nuevos emprendimientos en San Juan, atraídos por un escenario de consumo en expansión y por la búsqueda de activos reales capaces de generar ingresos en dólares. El proceso se intensificó entre fines de 2025 y comienzos de 2026, cuando distintos proyectos estructurados bajo fideicomisos productivos abrieron rondas de suscripción orientadas tanto a grandes patrimonios como a ahorristas interesados en diversificación y cobertura frente a la volatilidad financiera.
Durante las últimas dos décadas, el consumo mundial de pistachos registró un crecimiento sostenido del 6,5% anual, mientras que la oferta avanzó a un ritmo cercano al 5%. Según análisis difundidos por operadores del sector, esta dinámica consolidó una brecha estructural que, de acuerdo con proyecciones del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) y la FAO, podría traducirse en un déficit superior a las 250.000 toneladas hacia 2040. Diversos informes proyectan que ese desfasaje persistirá en el mediano plazo, configurando un entorno de precios relativamente firmes. En paralelo, la producción mundial continúa concentrada en un número acotado de países del hemisferio norte, condicionada por limitaciones de superficie apta, disponibilidad de agua y requisitos climáticos específicos.
El viernes pasado Roberto Mondino concretó un remate de 11.000 cabezas, con un volumen que incluyó vientres, invernada y hacienda para faena. La subasta dejó una señal clara: el negocio ganadero se mantiene firme, con valores sostenidos en casi todas las categorías, aunque con un límite evidente cuando se analiza el eslabón más sensible de la cadena, la cría.
En vientres los precios fueron buenos. Una vaquillona preñada se movió en torno a los 2,5 millones de pesos, con operaciones entre 2,4 y 2,6 millones, mientras que una vaca con cría nueva llegó hasta los 4 millones. Son valores que reflejan interés y expectativas positivas.
Sin embargo, Mondino puso el foco en un problema estructural: la falta de financiamiento. Según explicó, para crecer en cría no alcanza con buenos precios. Es un negocio de ciclo largo y eso “requiere inversión fuerte en tierra, agua, infraestructura y personal”.
En tal sentido agregó: “Sin crédito accesible, el productor se frena. No hablo de subsidios, hablo de financiamiento razonable”, planteó, y remarcó que sin herramientas financieras será muy difícil recomponer stock y expandir rodeos. En un contexto donde la agricultura tiene márgenes ajustados y el crédito bancario aparece caro o con exigencias elevadas, la expansión de la cría se vuelve lenta y compleja.
En 1976, once productores agropecuarios de La Pampa decidieron desafiar una lógica que parecía inmodificable: que los jóvenes del interior de la provincia emigren para poder desarrollarse profesionalmente. Casi 50 años después, aquella iniciativa es hoy una agroindustria integrada con 220 empleados, tres unidades de negocio y un modelo que compite, desde Catriló, contra multinacionales hasta 20 veces más grandes. Su lema resume la filosofía: “Nada se pierde, todo se transforma”.
La empresa es Gente de La Pampa, ubicada en Catriló, una localidad de 7000 habitantes al sudoeste de la provincia. “Hay 220 personas trabajando. Este año estamos cumpliendo los 50 años, ya tenemos mucha trayectoria en el sector”, cuenta a LA NACION Tomás Lorda, contador y gerente general de la firma.
El origen fue más social que económico. “La empresa comenzó cuando once productores agropecuarios de la provincia que veían que sus hijos y los de sus amigos para poder desarrollarse profesionalmente tenían que emigrar a otros lugares. Era la típica lógica de una provincia del interior que, durante muchísimos años, cuando un joven terminaba el secundario, tenía que ir a estudiar a Buenos Aires y después, si quería seguir con un desarrollo profesional, como que en la provincia no había mucha salida, no volvía”.
Con ese diagnóstico nació el proyecto. “Con ese sueño y esa expectativa empezaron a buscar otras alternativas para poder desarrollar profesionalmente a los jóvenes de la provincia. Así se fundó Gente de La Pampa, como una agroindustria que iba más allá de la producción agropecuaria. Comenzó como una empresa privada de once productores que hicieron su aporte de capital para hacer la sociedad”, describe.