Transportistas de cereales mantienen más de 40 puntos de protestas en las cercanías de los principales puertos de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe en reclamo de un aumento tarifario urgente de hasta el 40%. Denuncian que las recientes subas del gasoil ya consumen el 65% del valor del flete. La medida de fuerza, que afecta el traslado de granos en plena cosecha, recrudeció luego de que el sector rechazara una oferta de incremento del 10% impulsada por acopiadores y productores. Los conductores, por su parte, afirman que por menos del 30% no se mueven de la protesta.
Al no existir ya una tarifa nacional de referencia, ya que el Gobierno disolvió la mesa interjurisdiccional dejando los precios a la libre oferta y demanda, las negociaciones se trasladaron a mesas provinciales que hoy están empantanadas. De acuerdo con los conductores consultados por LA NACION y que llegan hasta los puertos cerealeros, necesitan una actualización urgente de las tarifas frente a un costo logístico que se ha vuelto inviable.
Uno de los focos más sensibles hoy está en Ingeniero White, acceso al puerto de Bahía Blanca, donde camioneros se concentraron en la rotonda previa a lo que se conoce como el “triángulo” e impiden el ingreso a la playa común. Se trata de un punto neurálgico para la exportación de granos, donde las medidas generan un cuello de botella inmediato en la logística, según manifestaron las fuentes.
En los márgenes de una de las tantas granjas porcinas que se despliegan sobre las extensas llanuras aluviales de Taizhou, a unas dos horas en auto al noroeste de Shanghái, dos estanques cuadrados de apenas cuatro metros de lado concentran una posible solución a un problema estratégico: recortar a la mitad el uso de soja en la alimentación animal.
En esas piletas se mezcla un compuesto de insumos locales más económicos —como salvado, tallos de calabaza y restos de vino— que luego se fermenta de manera similar al yogur. Este proceso descompone las proteínas, facilitando su digestión y reduciendo así la necesidad de recurrir a la soja, un insumo del que China importa cerca del 80% de su consumo.
El impulso oficial a estas alternativas se intensificó en marzo del año pasado, en paralelo con el recrudecimiento de las tensiones comerciales con Estados Unidos durante el segundo mandato de Donald Trump. En ese contexto, la soja pasó a ser una pieza clave dentro de la disputa bilateral.
De acuerdo con relevamientos realizados entre productores, investigadores y referentes del sector, China está avanzando más rápido de lo previsto en la adopción de nuevas tecnologías y en la promoción de piensos fermentados. La estrategia replica, en el plano agropecuario, el enfoque que Pekín viene aplicando en áreas como los microchips o la inteligencia artificial, donde busca fortalecer capacidades propias frente a las restricciones externas.
En la Sociedad Rural de Bariloche, mientras de fondo se realiza un remate ovino, la postal sintetiza un proceso más profundo que atraviesa a toda la Patagonia. Es que hay menos ovejas, campos exigidos por la sequía y productores que hacen equilibrio para sostener la actividad. La radiografía la traza Juan Escobar, subsecretario de Ganadería Ovina y Caprina de Río Negro, que reconoce un retroceso sostenido del stock y un cambio de escenario que empuja, en muchos casos, hacia la ganadería bovina.
“El sector ovino en Río Negro es similar a toda la Patagonia, lo mismo que pasa en las provincias vecinas de Chubut y Santa Cruz. Venimos en un proceso de una tendencia de regresión, lamentablemente, aunque haciendo todos los esfuerzos posibles para evitar eso”, describe el funcionario. Y detalla los factores que presionan: “Es muy fuerte la presión de las cuestiones climáticas, la cuestión del avance de la predación, de la población de guanaco”.
El impacto es directo sobre el stock. “Nosotros en Río Negro, en las mejores épocas hemos llegado a tener dos millones y medio de cabezas ovinas. En los últimos tres años a la fecha estamos alrededor del millón de cabezas”, precisa. La caída no es un dato aislado sino la consecuencia de un combo que incluye sequía prolongada, menor productividad y dificultades estructurales.
“Los procesos de sequía vienen hace más de diez años, con vaivenes, pero la tendencia es negativa en lo que es precipitaciones y aumento de la temperatura”, explica Escobar. El último ciclo dejó números elocuentes: “En la región precordillera y cordillera de Río Negro, las precipitaciones fueron un 40% respecto a la media”. En ese contexto, “los campos producen menos, la producción es menor y obviamente impacta negativamente”.